Siembra de palabras
P. Fernando Pascual
17-3-2012
Las palabras llegan, las palabras van, las palabras quedan.
Con su presencia frágil, las palabras nacen desde corazones y mentes que piensan, que sufren, que
aman, que dudan, que buscan, que encuentran. Luego, ante un familiar, un amigo, un desconocido,
las palabras parten: ha empezado la siembra.
Impresiona la fuerza que tiene la palabra. Con ropa sencilla o con vestidos de gala, la palabra llama
al oído, penetra en el alma, fecunda y genera nuevas ideas.
Es cierto que la siembra de palabras puede llevar al bien o al mal, al amor o al odio, a la verdad o al
engaño, a la vida o a la muerte. Una palabra aparentemente hermosa puede ser vehículo venenoso
de un daño para el alma. Una palabra ruda y humilde puede revestir un mensaje lleno de riqueza.
Es difícil encontrar la palabra adecuada para cada tema, para cada corazón, para cada momento. Por
decir demasiado o por callar, por dejarse llevar por la rabia o por ceder al miedo, por las prisas o por
una prudencia excesiva, las palabras quedan dañadas, incluso producen más destrozos que armonía.
No podemos vivir sin palabras. Cada mañana las acogemos desde la radio o el teléfono, en la
computadora o en un libro, con la voz de un amigo que aconseja o de un jefe que ordena.
Cada palabra deja una siembra. Luego llega la hora del crecimiento. Juntos aparecen cardos y
espigas, miedos y esperanzas, luz y tinieblas. En ocasiones habrá que limpiar el alma de siembras
malignas. Otras veces, ojalá fueran mayoría, buscaremos simplemente proteger aquellas palabras
buenas, nobles, justas, que nos introducen en un horizonte magnífico de verdades fecundas y de
esperanzas bellas.