¿Somos libres para vivir éticamente?
P. Fernando Pascual
24-3-2012
Teorías que niegan la libertad las han existido desde tiempos remotos. Unos hablan de un destino
superior, de dioses o estrellas que determinan férreamente nuestros actos. Otros aluden a la fuerte
presión social, que nos encadena hasta el punto de que hacemos sólo aquello que aprendimos en la
educación o bajo la presión de la familia o del grupo. Otros simplemente defienden que todo
depende de la materia o del ADN: nada de lo que “escogemos” escapa al control de leyes de la
química y de la biología.
En realidad, ¿podemos reconocer que somos realmente libres? Kant (1724-1804) proponía dos
ejemplos relacionados entre sí que pueden servir como ayuda para encontrar una respuesta.
Primer ejemplo: un hombre dice que su inclinación hacia ciertos placeres es invencible, siempre que
se le presente una situación favorable y una persona disponible. Le preguntamos qué pasaría si,
frente a la casa que normalmente visita para gozar, pusieran una horca en la que le ahorcarían
cuando terminase de satisfacer sus instintos. La respuesta parece obvia: en tal caso, esa persona
sería capaz de vencer sus propios deseos de placer, motivado por el miedo al castigo.
Segundo ejemplo: a esa misma persona le preguntan qué haría si un príncipe (o un gobernante)
despótico le pidiera que levantase un falso testimonio contra otra persona, con el fin de llevarla a los
jueces y arruinarla. La petición del príncipe está acompañada con una fuerte amenaza: si se niega a
obedecer, será ahorcado.
Esa persona reconocería en su interior que puede decirle no al príncipe. El que luego tenga el valor
necesario para ello es otro cantar, pero que perciba una fuerza íntima para levantar su voz ante el
tirano y para defender a un inocente, es algo natural. Lo siente él y lo sienten miles de corazones
humanos, lo cual demuestra que somos capaces de actuar según principios éticos, por encima del
miedo a los castigos.
Dejemos de lado el uso que hacía Kant de estos ejemplos para defender su teoría ética. En sí
mismos tienen un especial brillo, pues nos muestran algo tan sencillo como esto: somos capaces de
mucho más de lo que nos imaginamos, a pesar de que muchas veces decimos y pensamos que no
podemos dejar de hacer esto o lo otro.
El primer ejemplo, ciertamente, tiene un punto débil: la persona que normalmente cede a cualquier
placer propicio resistiría sólo ante una horca (o ante otras amenazas); es decir, sólo por miedo a un
castigo. Nos damos cuenta de que tal miedo no es suficiente para vivir con un auténtico sentido
ético. Pero el ejemplo evidencia un punto importante: lo que suponíamos que nunca podríamos
dejar de hacer, en realidad sí podemos dejar de hacerlo, aunque sólo sea ante una amenaza
especialmente intensa.
El segundo ejemplo ofrece otra perspectiva mucho más interesante. El miedo a un castigo está
presente, y puede ser tan fuerte que uno se doblegue ante el tirano y al final acuse a un inocente.
Pero por encima del miedo que surge ante una amenaza grave, muchos somos capaces de percibir
que podemos llegar a un gesto de valor, que podemos decir no a la orden injusta, y que existe en el
propio corazón un deseo sincero por evitar la condena de un inocente, aunque ello signifique
nuestra propia muerte.
Es cierto que muchos, al final, sucumben al miedo. Colaboradores de tiranos los ha habido siempre
y, por desgracia, los habrá en el futuro. Sin embargo, incluso el que cede a las amenazas es capaz de
descubrir ese ámbito interior de libertad que lleva a algunos, por desgracia a pocos, a decir un “no”
firme y valiente ante las órdenes injustas.
Estos dos ejemplos ayudan a pensar nuevamente en ese tesoro de la libertad humana, por encima de
las teorías que la niegan. Sólo si la reconocemos, con sus riesgos y con sus enormes posibilidades
de bien, y si la sabemos usar con una mente lúcida y con una voluntad enamorada de la verdad y de
la justicia, seremos capaces de romper con comportamientos que esclavizan a placeres destructores
o a miedos paralizantes, para entrar en el mundo maravilloso de la honradez y de la bondad de los
miles de héroes y mártires de todos los siglos.