Hora de balances
P. Fernando Pascual
5-5-2012
Tenemos un momento para pensar dónde estamos, qué hemos hecho, qué retos hay ante nosotros,
qué decisiones queremos tomar para el futuro.
Llega la hora de hacer un balance sobre nuestra vida. Las preguntas surgen desde la propia
conciencia y desde lo que otros, de maneras diferentes, nos han sugerido. ¿Qué he hecho con mi
tiempo, con mis talentos, con mis posibilidades, con mi salud? ¿Cómo he aprovechado los
conocimientos adquiridos y las distintas experiencias del pasado?
A veces nos refugiamos en números y datos concretos: he ayudado a tantas personas, he leído tantos
libros, he trabajado tantas horas, he estudiado esto o lo otro, he mantenido a una familia, he
recorrido cientos de kilómetros de carretera, he acumulado algo de dinero en el banco...
Si tenemos valor y humildad, también aparecen otros números y datos que nos avergüenzan, que
nos duelen, que quisiéramos esconder: tantas mentiras pronunciadas, tantas promesas incumplidas,
tantas traiciones a los amigos, tantos ratos de pereza, tantos objetos comprados por codicia, tantas
horas en placeres deshonestos, tantas cobardías.
Al mirar los dos “sacos del pasado”, el de lo que consideramos como cosas buenas y el de lo que
vemos como miserias y pecados, llegamos a sentir una extraña confusión: ¿qué domina en mi
existencia: lo positivo o lo negativo, lo noble o lo despreciable, la santidad o el pecado?
Hacer un balance completo, serio, no resulta fácil. Unas veces, porque nos da miedo reconocer el
mal en tantas acciones de las que luego nos arrepentimos. Otras veces porque lo positivo nos puede
llevar a una vanidad absurda o a una soberbia al creernos superiores a otros y merecedores de
aplausos. En ambos casos, porque no siempre llegamos a conseguir una mirada correcta sobre
nuestro pasado, lejano o próximo.
Nuestro balance sería incompleto y parcial si no descubrimos la presencia de un Dios salvador,
amigo y providente. Un Dios que suscitó pensamientos nobles. Un Dios que alimentó el amor para
servir a un familiar o amigo necesitado. Un Dios que me permitió reconocer mi pecado y sentir el
fuego purificador de Su misericordia. Un Dios que de mil maneras me ha invitado y me sigue
invitando a acudir a su abrazo paterno.
Es hora de balances. No sólo para abrir los ojos ante la propia historia con toda su verdad, con sus
luces y sus sombras, sino para mirar al presente y tomar propósitos para el futuro.
Desde un buen balance agradeceremos lo bueno como don de la gracia y denunciaremos ese mal
que nos ha dañado y que ha provocado tanto dolor en nuestros hermanos.
Sólo entonces seremos capaces de pedir perdón, de invocar la ayuda del Padre de los cielos.
Reemprenderemos así la marcha de la vida con un único objetivo: dedicar todo su nuestro ser y
nuestras energías a la tarea de amar a Dios y a los hermanos.