E L MONJE INTERIOR
Hoy, solemnidad de la Santísima Trinidad, en
España se recuerda de manera especial a quienes se
consagran de por vida a la contemplación en los
claustros. Ocasión propicia para dar gracias a Dios
por quienes se dedican por entero a testimoniar que
sólo Él basta, que es el Absoluto de nuestras vidas,
capaz de colmar de amor el corazón humano.
Dicen que hay quien domina enteramente el
cuerpo, con fuerte ascesis y disciplina. Los hay que
dominan la mente y el pensamiento por la
concentración y el ejercicio de la meditación. El
monje es aquel que desea, al menos, unificar el
corazón y tenerlo por entero para el Señor.
Cada ser humano lleva un monje dentro, que reclama al mismo tiempo la relación
amorosa y la unificación interior. Porque cada uno hemos sido creados como sujetos
únicos y cada uno tenemos la llamada esencial de ser enteramente para Dios.
Cuando la persona da crédito a su vocación primera, la de estar a solas con Dios
solo, en el jardín, para gozar de su amistad más íntima, llega a ver el destello de la
iluminación, alcanza a oír la Palabra engendradora del gozo más profundo: “Tú eres
amado”, y a sentir la presencia que le envuelva, a la vez que le habita, en un abrazo que
le sumerge en la experiencia de saberse hijo de Dios, amado enteramente por Él.
Cada uno hemos podido percibir los efectos que se siguen cuando se lleva una
vida dispersa, agitada, ansiosa, evasiva, inquieta, y lo que se siente y gusta en el
momento en el que se entra al espacio interior, aunque sólo sea por un instante. La paz
del corazón, el gozo sereno, la percepción del susurro amable, la brisa que envuelve al
quedar sumergido en la certeza de saberse amado, sin dependencia ni fragmentación.
Prueba a dar crédito a lo que algunos testigos han confesado, para estímulo de sus
hermanos: “Nos hiciste para ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti”
(San Agustín). “Nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene nada el falta, sólo
Dios basta” (Santa Teresa de Jesús).
Jesucristo nos ha revelado la plenitud humana. Él amó con corazón de hombre y
se entregó hasta el extremo de morir por sus hermanos. A su vez, Él nos reveló la
intimidad que mantuvo con su Padre Dios, secreto de los que por gracia del Espíritu
Santo comprenden dónde está la fuente, el manantial del amor. “Gocémonos, Amado, y
vámonos a ver en tu hermosura al monte ó al collado do mana el agua pura; entremos
más adentro en la espesura” (San Juan de la Cruz).
“El amor de Dios ha sido derramado en nuestro corazones con el Espíritu Santo
que se nos ha dado” (Romanos 5,5). Abrámonos al huésped que nos habita, más interior
que nuestra propia intimidad, y allí nos recreemos, como aseguraba San Agustín: “Tarde
te amé, Belleza siempre antigua y siempre nueva. Tarde te amé. Y, he aquí que tú estabas
dentro de mí y yo fuera. Y por fuera te buscaba. Desorientado, iba corriendo tras esas formas de
belleza que tú habías creado. Tú estabas conmigo, y yo no estaba contigo…”.
Te deseo que gustes el saberte habitado, y llamado a la relación más íntima con Dios.