Invasiones de conciencias
P. Fernando Pascual
16-6-2012
Es difícil comprender por qué un familiar, un amigo, o un desconocido, hicieron lo que hicieron.
Pero a veces creemos que tenemos una extraña capacidad de penetrar en la conciencia ajena y de
dar con la explicación de los comportamientos de otros.
Si actuamos así, se produce una invasión de conciencia: arrogándonos un supuesto poder especial,
nos sentimos capaces de penetrar en el alma de los demás. Los juicios, entonces, brotan con una
contundencia sorprendente: “este es un hipócrita, el otro actúa simplemente para engañar a los
demás, el de más allá tiene un tremendo complejo de inferioridad...”
Sentirse capaces de invadir la conciencia ajena supone, por un lado, que las actuaciones del otro
reflejan perfectamente lo que piensa, siente, quiere. Por otro lado, que uno tiene la capacidad para
descubrir lo anterior: “me basta ver cómo mueve los ojos para saber que es un rencoroso...”
La realidad, sin embargo, es mucho más compleja que nuestras invasiones de conciencias. Detrás de
ciertos movimientos de los ojos no hay envidia, ni pereza, ni soberbia: a veces se trata simplemente
de un tic adquirido desde la infancia que se hace más insistente en ciertos momentos de tensión.
No todos, sin embargo, reconocen la complejidad de la psicología humana. Basta con leer ciertos
comentarios en Internet a noticias o en blogs para darnos cuenta del número elevado de invasores de
conciencias que giran por ahí. En ocasiones, si somos honestos, hemos de reconocer que también
nosotros mismos incurrimos en esa mentalidad de enjuiciadores con alardes de psicólogos
especializados.
La realidad del otro, sin embargo, no coincide muchas veces con nuestros juicios, porque cada ser
humano es más misterioso y profundo de lo que yo pueda ver y pensar sobre él. Algunos actos,
ciertamente, manifiestan bastante de lo que hay dentro de un corazón. Pero incluso en esos casos,
acertar en el juicio no está siempre garantizado.
Un poco de humildad y un mucho de respeto nos permitirá evitar el desenfreno propio del acusador
de intenciones ajenas. Así no sólo evitaremos invasiones abusivas, sino que veremos a los demás
con un corazón más dispuesto al respeto y a la apertura ante las riquezas (también ante los misterios
y peligros) que se esconden detrás de cada rostro que encontramos en el camino de la vida.