TRIGO-(Dos)
(albun)
Padre Pedrojosé Ynaraja
La alimentación en la cuenca mediterránea, supone siempre el consumo de trigo en
forma de pan. En cualquiera de las comidas, es un seguro acompañante. Digo esto
porque me encontraba antes, cuando invitaba a un latinoamericano a comer y le
ofrecía lo que tengo en casa: vegetales, pasta de sopa, carne o pescado. A
continuación le preguntaba ¿te parece bien?¿quieres alguna otra cosa? Está bien,
era la respuesta ¿pero nada más? Bueno, pan. El pan no cuenta, le decía yo. Un
seminarista de aquellas tierras, que estudiaba por estas, me dijo un día: ten en
cuenta que allí no necesariamente se come pan en cada refacción.
Si la ingesta de pan es cosa común, el de trigo, es el rey. Su blancura y su precio le
confieren un valor superior al de los otros cereales. En el Apocalipsis (6,6) se dice
que una medida vale un denario, en cambio, si se trata de la cebada, por el mismo
precio, se tienen tres. Hoy en día, entre nosotros, y muy al contrario de antes, creo
que el precio de la cebada dobla al del trigo.
El trigo es mencionado en la Biblia explícitamente 95 veces, el pan 273, aunque,
adelanto, que el más frecuente, el de consumo diario o por la gente pobre, es el de
cebada o espelta.
Voy a referirme a dos ocasiones en las que el trigo tiene un particular
protagonismo. Uno anecdtico, el relato evangélico que nos dice: “sucedi que
cruzaba en sábado por unos sembrados; sus discípulos arrancaban y comían
espigas desgranándolas con las manos. Algunos de los fariseos dijeron: ¿Por qué
hacéis lo que no es lícito en sábado? Lc 6,1. La Ley permitía al viajero comer de lo
que estaba junto al camino, de lo que les acusaban era del trabajo de desmenuzar
las espigas, cosa que a su modo de ver, y según normas tradicionales, estaba
prohibido. Jesús solemnemente se declara señor del sábado.
En esta segunda ocasión, que ocupa bastante extensión del libro del Génesis, el
trigo modifica el transcurrir de la Historia de la Salvación, que había empezado en
Siquem. Inicia por la traición de los hermanos de José, que por envidia lo venden a
unos mercaderes y ellos a su vez lo revenden a un potentado egipcio. En la
rocambolesca historia de fidelidad servil a su amo y respeto fiel a su esposa, el
biznieto de Abraham, va a parar a la cárcel. Allí da pruebas de sus dotes de
interpretación de sueños a dos compañeros de encierro. Más tarde el mismo Faraón
acude a consultarle el sentido de unas visiones nocturnas que le atormentan: el
texto habla de vacas y a continuacin aade “so otra vez que siete espigas
crecían en una misma caña, lozanas y buenas. Pero he aquí que otras siete espigas
flacas y asolanadas brotaron después de aquéllas y las espigas flacas consumieron
a las siete lozanas y llenas”. Los consejos que da el hebreo, le librarán de su
encierro y le elevaran a gran categoría en el gobierno. El patriarca Jacob, padre de
nuestro protagonista, sufrirá carestía de trigo y mandará a sus hijos a comprar del
que el mandatario tiene almacenado en sus graneros, sin saber de quien se trataba.
Consecuencia de las idas y venidas, del reconocimiento de José y la reconciliación
familiar, el clan se trasladará a la tierra de Gosén y vivirán, prosperarán primero y
caerán en esclavitud más tarde, hasta llegar a su huida al desierto. En el Sinaí
recibirán una Ley, adquirirán conciencia de pueblo y recobrarán la esperanza
sembrada en el corazón de su antecesor.
El peculiar trigo de los sueos, sería el “triticum compositum” de hasta siete
espigas por caña, que, según leo, todavía se cultiva en el actual Egipto. El vulgar y
escuálido, en cambio, pertenecería al “triticum durum”.
En la vida cotidiana de Israel, el trigo ocupará un lugar fundamental e
imprescindible, de tal manera que será objeto privilegiado de ofrenda a Dios, de sus
primeras espigas en el Templo de Jerusalén, ocupando el lugar central en la fiesta
de las Semanas o Pentecostés.