El martilleo
P. Fernando Pascual
19-7-2012
El error fue manifiesto. Además, había quedado por escrito. Un hombre se había convertido en un
blanco perfecto para las flechas ajenas: se trataba, simplemente, de recordar una y otra vez al
errante su incompetencia y su inutilidad. ¿Cómo se atrevía a seguir en el debate después de un fallo
tan evidente?
El martilleo llegó al corazón del errante. Molesta, al discutir, que le recuerden a uno sus fallos. ¿Es
que no todos cometen errores? ¿Es que un desliz deja tan marcada a una persona que la descalifica
por entero en las siguientes discusiones?
Hay personas que tienen una habilidad poco amable para encapsular a los demás en sus errores. En
los foros de Internet y páginas similares es fácil encontrar a quien una y otra vez hace ver a este o a
aquel sus tropiezos, para dejarlo fuera de lugar.
Cada ser humano, sin embargo, es mucho más grande que sus errores. Dejarse fosilizar por quien
disfruta a costa de recordar a otros sus fallos implica una derrota que en parte tiene su origen en el
amante del martilleo, pero en parte en un cierto apocamiento de quien es criticado, cuando no vale
la pena hundirse ante quien recuerda a otros los errores de su pasado.
Por eso, frente a quienes martillean a sus prójimos con la letanía de recuerdos de los errores del
pasado, es hermoso encontrar a hombres y mujeres que miran más allá de esos errores y dan una
nueva oportunidad a quien tuvo un desliz en su vida.
Sobre todo, es hermoso ver que Dios mismo no deja de ofrecernos, en cada minuto de nuestra
existencia, ocasiones nuevas para el cambio.
Porque si hay Alguien que conoce nuestros errores y pecados es precisamente Dios. Si Él, que tiene
motivos de sobra para echarnos lejos de su presencia, no nos reprocha nuestros pecados ni guarda
rencor perpetuo (cf. Sal 103,9-10), entonces podemos acoger su perdón para empezar un camino
nuevo, con una certeza: con Dios siempre es posible cambiar hacia el bien, la verdad y la justicia.