¿Tienen éxito las leyendas y los cuentos?
P. Fernando Pascual
19-8-2012
A los niños les gustan los cuentos. Quizá también a los adultos. Un mundo imaginario, lleno de
fantasía, atrae. Ayuda para huir unos instantes del presente o para soñar simplemente en mundos
maravillosos.
Con el paso de los años, parece que se impone la realidad, y los cuentos quedan como recuerdos de
la infancia. O, tal vez, conservan algún atractivo en la edad adulta. Frente a los problemas y
dificultades del presente, ¿no atrae la lectura de una novela o de un cuento que dé alas a nuestros
sueños y libere el corazón frente a la monotonía de lo cotidiano?
Por eso las leyendas y los cuentos no pueden morir. Como tampoco mueren los mitos, según una
famosa discusión en la que se enfrentaron dos grandes escritores del siglo XX: Tolkien y Lewis.
Existen, sin embargo, cuentos que engañan, incluso que se repiten una y otra vez como si fueran
verdad. Avivar ilusiones que nos apartan del deber concreto, promover alabanzas a personajes que
han llenado de sangre y de lágrimas la historia, exaltar a “héroes” que no son más que paradigmas
del mal... Cuentos así dañan, porque muchas veces algo de lo que leemos se convierte en idea, y
malas son aquellas ideas que llevan a la mentira, al desvalor, a lo negativo.
Las leyendas y los cuentos, en cambio, llegan a ser fuente de valores auténticos si exaltan el bien
sobre el mal, la justicia sobre la prepotencia, la sana vida familiar sobre el libertinaje de parejas sin
compromisos, la dignidad del hijo sobre la explotación salvaje de los más indefensos.
Con relatos bien elaborados, donde el bien es encarnado por un personaje atrayente y donde el mal
queda desenmascarado en toda su vileza, somos capaces de despertar ese sano deseo que se esconde
en muchos corazones (ojalá en todos), y que nos lleva a trabajar por un mundo un poco más justo,
más bueno y más abierto a Dios.