Relaciones cercanas y significativas
Fernando Pascual
10-11-2011
Relacionarse con otros es en parte fácil y en parte difícil.
Es fácil porque todos compartimos una misma humanidad, tenemos un corazón y una mente desde
los cuales estamos abiertos a cientos de temas de interés y a afectos que nos unen.
Es difícil porque no todos conocemos bien qué piensa el otro, cuáles son sus intereses, qué temores
le afligen, cómo ve a los demás.
Construir relaciones humanas cercanas y significativas exige tener una actitud interior de simpatía
hacia el otro, con la cual es posible descubrir temas de interés común y encontrar maneras concretas
para construir puentes estables y provechosos.
En primer lugar, hace falta abrirse a la simpatía. Ello significa reconocer no sólo que el otro es un
ser humano digno de respeto (algo esencial para convivir con un mínimo de civismo), sino que es,
además, alguien valioso para mí.
En el camino de la vida nos cruzamos con cientos de personas. Algunas permanecen con mayor
constancia en nuestro horizonte cotidiano, por parentesco, por trabajo o por otros motivos. Otras
aparecen y desaparecen según circunstancias variables: un viaje, la espera antes de una consulta
médica, un encuentro casual en un lugar turístico...
Sobre las convivencias más constantes, no hay que suponer que basta con encontrarse y saludarse
cada día para que se dé una relación profunda. Se requiere una actitud interior de benevolencia
hacia el otro, la cual surge desde un trato abierto. Sólo así podremos descubrir las riquezas del otro,
manifestar las propias, y tejer espacios para esa simpatía que edifica relaciones cercanas y
significativas.
En segundo lugar, y desde la plataforma de la simpatía, hace falta descubrir cuáles son los intereses
más vivos del otro. Una relación significativa no se construye desde el vacío, sino desde aquellos
lazos que surgen al reconocer intereses comunes, temas de conversación que valen la pena, riquezas
que pueden ser compartidas.
Un ejemplo muy sencillo es el de la literatura. Resulta sumamente fácil hablar por largo tiempo con
aquellas personas que leen los mismos autores o tipos de novelas que a nosotros nos gustan. La
simpatía cuaja, entonces, en un sector de interés que enriquece a los que dialogan en un terreno
común.
En tercer lugar, se requiere una sana atención para individuar los caminos que permiten construir
puentes.
Seguramente a muchos nos habrá ocurrido algo parecido a esta escena: dos viajeros de tren se
sientan juntos, se saludan, y se sumergen luego en sus respectivos libros o dispositivos electrónicos.
Después de varias horas de viaje, uno atisba que el otro está interesado en la botánica. ¡Lo mismo
que a él le interesa! Inmediatamente, desde una pregunta discreta e interesada, se enciende la chispa
del diálogo. El resto del viaje se hace corto ante el gozo de poder compartir conocimientos que
interesan a quienes unos minutos antes eran entre sí dos desconocidos...
En otros casos, quizá la mayoría, no hay (al menos así parece) intereses comunes, la simpatía es
escasa, y no intuimos cómo construir puentes. Incluso entonces, con un poco de ingenio y un mucho
de buena voluntad, es posible encontrar maneras para que salgan a la luz algunos asuntos que
puedan ser de interés común y que permitan el inicio de una relación significativa.
¿Difícil? En algunos casos sí, pues existen personas que se cierran en sí mismas y que prefieren el
silencio aislante. Merecen, ciertamente, nuestro respeto. Pero a veces esas personas calladas o
tímidas, si encuentran una acogida adecuada, empiezan a abrirse poco a poco y a compartir tesoros
escondidos en sus corazones.
En el camino de cada existencia humana es posible establecer, con más personas de las que
imaginamos, relaciones cercanas y significativas. Si rompemos miedos que nos haces cautelosos o
tímidos, si miramos a los demás no como a rivales sino como a personas dotadas de riquezas
interiores muchas veces desconocidas, podremos empezar a construir puentes de amistad. Desde los
mismos enriqueceremos la propia vida al acoger lo que el otro nos ofrece y al dejar abiertos los
pequeños (o grandes) tesoros que se albergan en nuestras almas.