Guerra entre neuronas
P. Fernando Pascual
8-9-2012
Juan estaba destrozado. En su cerebro había estallado una terrible guerra civil entre neuronas.
Un grupo de neuronas se había atrincherado en la idea de que debía estudiar arquitectura. A pocos
milímetros de distancia, otro grupo levantaba la bandera de que lo mejor era empezar una carrera de
ingeniería civil.
Los dos bandos luchaban a muerte. Cada grupo de neuronas quería prevalecer sobre el otro. La
situación se hizo más compleja cuando en otro sector del cerebro surgió una nueva “idea”: la de
dejar los estudios para buscar, cuanto antes, un trabajo.
Lo peor del caso es que había otro grupo de neuronas que defendía que Juan era un ser libre y que
no estaba esclavizado a lo que las neuronas defendieran o rechazaran. De nuevo, muy cerca de esta
trinchera neuronal, había otras neuronas que declaraban, con un martilleo constante, que ningún ser
humano es libre y que todos los actos están controlados por las neuronas recibidas gracias a los
propios padres y conservadas según la dieta alimenticia y las actividades realizadas por cada uno a
lo largo del tiempo.
Había momentos en los que Juan se sentía cansado de tanta lucha. ¿No sería todo más fácil si las
neuronas se pusieran de acuerdo? Pero esa sensación de cansancio no era más que la consecuencia
de un grupo de neuronas rebeldes que deseaban la paz cuando la vida humana está hecha de
conflictos...
Mientras la guerra continuaba, Juan decidió navegar un poco por Internet. No se daba cuenta de que
su opción era, simplemente, el resultado de la victoria de varias neuronas que esperaron con
paciencia un hueco en medio de la batalla para imponer su propia opción. Lo que Juan no
sospechaba es que esa misma noche iba a haber una batalla campal desde la ofensiva de nuevos
destacamentos neuronales que le iban a convencer de que la vida humana no tiene sentido y de que
la ética es una invención de pobres esclavos sometidos a la dictadura de neuronas retrógradas.
Sí, es cierto, lo escrito hasta ahora es una exageración. Pero sorprende encontrarse en la vida con
quienes piensan que todos los comportamientos humanos, desde el gesto desleal de quien traiciona
a un amigo hasta la sonrisa amable de quien visita a unos ancianos en el hospital, sean simplemente
fruto de las neuronas.
Más allá de ese tipo de planteamientos reduccionistas, existe en cada ser humano algo que va
mucho más allá de las neuronas: una inteligencia racional y una voluntad libre capaz de escoger
entre el bien y el mal, entre la injusticia y la honradez, entre la avaricia y la generosidad. Por eso
algunos viven para satisfacer su egoísmo mientras otros optan por darlo todo, incluso su propio
tiempo, para ayudar a quienes, cerca o tal vez lejos, más lo necesitan.