Evangelización en la posmodernidad ( Por Ángel Gutiérrez Sanz)
La escisión actual entre fe y cultura, entre vida y pensamiento, la creciente secularización que se ha
venido produciendo en la sociedad occidental durante los últimos años, justifica sobradamente la
preocupación de la Iglesia por abrir cauces de intercomunicación y acercamiento, a ello responde la
puesta en marcha de una Nueva evangelización que habrá de tener características bastante diferentes a la
de otros tiempos. A tal efecto Benedicto XVI ha creado un nuevo dicasterio de la fe; además este año en
curso se le ha querido dar especial significación en orden a la transmisión de la fe cristiana. Lo novedoso
del caso no es que se esté hablando con insistencia de evangelización, pues ésta ha sido desde siempre
misión irrenunciable de una Iglesia misionera por esencia, que es tanto como decir anunciadora de un
mensaje sagrado y misterio que alberga en su seno la paradoja y el escándalo.
Por ser ello así, en el trascurso de la historia se ha visto obligada a medirse con la cultura de su tiempo; a
veces ello ha sido fácil, en otras no tanto y en el momento actual ello resulta especialmente complicado ; a
pesar de todo la Iglesia nunca ha tenido ningún complejo en entablar dialogo con la cultura laica . En el
fondo se trata de un problema de confrontación dimensional, un drama que siempre ha estado latente a lo
largo de la historia, lo que hace que la fe religiosa se encuentre en permanente estado agónico de lucha,
que le obliga a constantes adaptaciones y cambios, aunque eso sí, manteniéndose fiel a sus esencias. El
posicionamiento religioso nunca es definitivo, nunca se puede hablar de triunfalismos, nunca se puede
descansar tranquilos inmersos en formalismos prestablecidos e inmovilistas, porque la religiosidad ha de
ser vivida en y desde la temporalidad con todas las limitaciones y tensiones que implica querer vivir a
nivel de la tierra las realidades que están por encima.
El gran reto está en saber armonizar lo inmutable con lo mutable, la paradoja de vivir en los tiempos
cambiantes una esperanza de vida intemporal . Por eso lo importante no es ya que se hable de
evangelización, sino de una Nueva Evangelización que permaneciendo fiel al mensaje acierte en las
formas, y estrategias exigidas por los tiempos; pero sobre todo ha de ser valiente para afrontar los retos
de nuestra actual cultura que será mejor o peor, pero es la nuestra. La evangelización ha de ser nueva
porque así lo exigen los cambios culturales, nueva porque es necesario rejuvenecer el rostro de la Iglesia,
nueva porque hay que explorar otros métodos más eficaces y sobre todo porque hay que dar solución
satisfactoria a temas pendientes que entristecen el corazón de muchos fieles y de muchas familias, nueva
para hacer de ella un acto de servicio y amor a nuestros hermanos los hombres que atraviesan por crisis y
dificultades, así como lo entendió la santa misionera de nuestro tiempo, Teresa de Calcuta que pasó su
vida depositando un poquito de bálsamo en las heridas sangrantes de los más necesitados sin preguntarles
si eran creyentes o no. Poner en práctica el amor al prójimo es una excelente forma de misionar
Desde el Concilio Vaticano II han pasado muchas cosas y nuestro mundo ya no es el que era. Los
tiempos de la modernidad ya es cosa del pasado. Estuvo muy bien que mientras estuvieron vigentes los
cánones racionalistas salieran a la palestra los apologetas a demostrar que la fe no estaba reñida con la
razón , más aún que fe y razón eran compañeras inseparables de viaje tal como se venía repitiendo desde
tiempos de S. Agustín “credo ut intellegam, intellego ut credam” ( Creo para que pueda entender
entiendo para que pueda creer). Fue una bendición para la Iglesia que hubiera cristianos preparados que
sin negar los valores inherentes a la razón científica trataran de poner de manifiesto la limitación del
conocimiento humano cuando el cienticismo exacerbado predicaba a los cuatro vientos que “sólo el
método científico nos proporciona la verdad del mundo”, fue una gran ayuda que nos hicieron ver que
existe lo sublime, lo impenetrable, lo inefable, lo supra-racional, que existe el mundo religioso que como
bien diría Wittgenstein sólo es expresable con un lenguaje místico.
En cualquier caso el racionalismo y cinticismo radicalizados con ribetes de totalitarismo pasaron ya a la
historia y donde ahora nos encontramos es en la posmodernidad de Lyotard, Levinas, Habermas y
demás compañeros de viaje de la escuela de Franfurt, caracterizada por lo que se ha dado en llamar el
pensamiento débil, donde ya no hay espacios para la metafísica, la religión y después de Poincaré y
Göedel ni siquiera los hay ya para la ciencia física y la matemáticas. Nuestro mundo parece estar de
vuelta de todo, el hombre moderno desengañado se ha instalado en la relatividad y se muestra refractario
a todo lo que suene a verdades absolutas e intemporales. No tiene oídos para poder escuchar teorías o
metarrelatos sean del signo que sean, ahora lo que cuentan son las actitudes, las vivencias y esto hay que
tenerlo muy presente a la hora de poner en práctica la Nueva Evangelización.
Nos encontramos ante el caso curioso de que a veces los más críticos con la religión son los que más
nostalgia sienten de ella. Así parece desprenderse de sus propios testimonios. “Dejar morir a Dios, decía
Simone de Beauvoir es precipitarse en los abismos de la nada. Así lo reconoce también Jean Rostand “ He
dicho que no a Dios …pero en cada momento la cuestión vuelve a presentarse. Todos en algún momento
echan de menos a Dios, porque es Él y no otro quien representar el punto más alto de las posibilidades
humanas, el que permite al hombre adentrarse en el reino de la numinosidad. Cerrar el corazón a la
llamada sobrenatural es cerrarse a la fundamentalidad de la vocación humana. La visión de un mundo
desacralizado puede que sea uno de los espectáculo más dolorosos no sólo para el hombre religioso,
también para quien no lo es. Era precisamente Unamuno, quien así rezaba: “:Cuando Tú de mi mente
más te alejas, más recuerdo las plácidas consejas con que mi ama endulzome noches tristes. “ No concibo,
llegó a decir Ortega y Gasset, que ningún hombre pueda renunciar sin dolor al mundo de lo religioso. A
mi, al menos, continua diciendo, me produce un enorme pesar sentirme excluido de la participación de
este mundo”. Hasta el mismo Nietzsche asesino de Dios, llega a decir: “ Todos los arroyos de mis
lágrimas corren hacia Ti y la última llama de mi corazón para ti se abre ardiente”
Entonces ¿ Cual es la cuestión? seguramente nuestro testimonio cristiano hoy no debe ser tanto de
carácter apologético cuanto de autenticidad . No se trata tanto de hablar y hablar… cuanto de hacer
presente a Dios en el corazón de los hombres de hoy. Se trata de mostrarles que Cristo sigue aún presente
entre nosotros ; pero para ello los primeros que tenemos que tener esa experiencia hemos de ser nosotros,
los cristianos del siglo XXI. Ese sería el quinto evangelio que a los cristianos de hoy nos toca escribir y
que con seguridad habría de ser bien acogido por los hombres de nuestro tiempo, después de haber
sabido que no pueden ser salvado por la ciencia que es la última tabla a la que se habían agarrado
esperan angustiados a alguien que pueda ayudarles a abrirse a la esperanza , porque sin ella no se puede
vivir. A este respecto Martín Descalzo decía que la gran enfermedad de nuestro mundo no es la crisis
moral , ni siquiera la crisis de fe, sino la falta de esperanza. ¿Seremos capaces los cristianos de satisfacer
estas ansias de la posmodernidad?
Del hombre actual se ha dicho que es un descreído , relativista, materialista, consumista; hedonista, lo
que no se ha dicho es que también es muy perspicaz , que de largo distingue lo que es auténtico de lo
que no lo es y esto hay que tenerlo muy en cuenta cuando tratamos de testimoniar algo. La prueba la
tenemos en la última experiencia acaecida en Marsella . El Padre Michel María Zanotti Sorkine, hasta
hace poco, músico de cabaret y conocido ya como el nuevo cura de Ars. Este párroco está
protagonizando una hermosa experiencia aleccionadora. A petición propia se hizo cargo de una iglesia en
Marsella que iba a ser cerrada por falta de clientela y he aquí que en breve tiempo todo ha cambiado y ya
nada es lo mismo; de tener 50 feligreses ha pasado a 700, las conversiones son constantes y la cosa va a
más. ¿Cual es el secreto? nos lo dice el mismo. Propiciar el encuentro con Dios, en una iglesia de puertas
abiertas y confesonarios permanentemente disponibles, hacerle presente a través de la entrega generosa y
la ayuda a los demás, algo que en nuestro mundo cala hondo. Difícil es convencer con palabras; pero no
lo es tanto mover con los ejemplos . Los hombres y mujeres de nuestro tiempo de las pocas cosas de que
están convencidos es de que “obras son amores y no buenas razones.” Así son de prácticos y exigentes. ¡
Que le vamos a hacer!