Para que las comisiones no olviden a la gente
P. Fernando Pascual
27-10-2012
El mundo no puede progresar sin el trabajo en equipo. Hacen falta comisiones.
Las comisiones buscan puntos de convergencia, pistas de acción más o menos convincentes, llegar a
resultados y decisiones.
Pero existe el peligro de olvidar a la gente concreta, a las personas. Porque una comisión de estudio
puede elaborar un documento muy hermoso en sus ideas y muy dañino en sus aplicaciones. Porque
en la vida práctica habrá quienes aplaudan el resultado decidido y quienes sufran por no adaptarse
bien a las nuevas directrices.
Las sociedades humanas están formadas por individuos concretos. Cada uno tiene una historia, un
camino a sus espaldas. Vive el presente y mira hacia el futuro con miedos y esperanzas, con ideas
buenas y con otras equivocadas, con claridad en sus metas o entre dudas.
Lo que cada uno perciba ante lo propuesto por una comisión es, en muchos casos, diferente. Porque
lo decidido “arriba” por un grupo de expertos no puede llegar a comprender los muchos intereses y
situaciones de quienes viven “abajo” en un mundo polícromo y lleno de singularidades.
Por eso, más allá del trabajo de las comisiones, y después de las decisiones adoptadas, hace falta ese
acercamiento sereno y constructivo a cada persona en su situación única, particular, concreta.
Ese es uno de los grandes temas para la buena marcha de los grupos y de las sociedades. No
podemos vivir sin reglas que permitan una buena convivencia. Pero no podemos construir esas
reglas en contra de los legítimos intereses de cada persona.
Por eso, la gran tarea de quienes tienen algún tipo de responsabilidad consiste en el saber adaptar,
en lo posible y razonable, decisiones generales a lo que pueda ser mejor para cada caso particular.
Sí: la persona está al centro de toda organización humana. Recordarlo no sólo sirve para tomar
buenas decisiones, sino para aplicarlas con esa prudencia propia de quienes saben llegar a cada uno
en el máximo respeto de sus legítimos intereses.