Lago de Galilea, 17 de noviembre de 2012
Me dicen que cómo vuelvo otra vez a Galilea.
Como si pensaran que uno se cansa de mirar
el rostro de luz y de hermosura.
Nunca se repiten los ojos deseados,
ni se cansa uno de buscar la cita
de la persona amada
Hoy, me sorprende el mar rizado, expresivo,
no se cansa de mecer las aguas,
ni de rasgar las cuerdas de su arpa.
Roza la presencia, que envuelve,
recrea, abraza y extasía,
en el fragor del viento.
Mar de Galilea, cita amiga,
done el nombre secreto se pronuncia,
y permanece la vibración del alma para siempre.
“Aquí estoy”, sin redes, despojado,
para escuchar al viento su mensaje,
para percibir la voluntad divina.
Seguir, aunque sea por la orilla del mar,
sin perder la memoria de tu llamada,
será, Señor, mi opción renovadora.
Mándame ir a ti, o no te vayas,
que las olas crecen en la duda.
Yo seguiré clamando: ¡despierta!
Y respondiendo, ya sin miedo,
por ver, de nuevo tu faz en el relejo,
en lo profundo del interior del alma.