La ciencia experimental y su punto débil
P. Fernando Pascual
8-12-2012
Entre algunas personas vige la creencia según la cual la ciencia empírica sería algo seguro, claro,
evidente. Según esa creencia, los laboratorios y las revistas científicas alcanzarían certezas, algo que
no se consigue en otros ámbitos del saber. ¿No es algo que se comprueba al ver cómo los científicos
suelen ponerse de acuerdo, mientras los filósofos están casi siempre peleándose entre sí?
Esta creencia, sin embargo, adolece de un punto débil. Un dato científico está siempre sometido a
revisión. Continuamente nuevos descubrimientos e investigaciones precisan, corrigen, mejoran y
superan lo que hasta un cierto momento era considerado como algo más o menos seguro.
Quienes dan conferencias o charlas sobre temas basados en informaciones científicas suelen ser
conscientes de esta situación. Si, por ejemplo, estamos hablando del número de abortos espontáneos
que se producen como media en la especie humana, los datos de 1975 habrán sido corregidos por
los datos de 1990, y los de 1990 serán corregidos por los datos del año 2015, etc.
Hay ámbitos de la ciencia en los que puede haber mayor seguridad: los datos se conservan durante
años y años sin modificaciones. Pero incluso en esos ámbitos hace falta actualizarse. La distancia
entre la Estrella polar y la Tierra, según lo que hoy sabemos, sería de 431 años luz. Si afinamos el
dato, habrá estudios que ofrezcan cálculos diferentes. Y si el universo está en movimiento continuo,
la distancia en un número no preciso de años podría ser diferente que la distancia calculada en
nuestros días.
Vemos, así, que el mundo experimental vive en una continua evolución. Unos datos suplantan a
otros. Unas estadísticas prometen mejorar las precedentes. Unos estudios afirman corregir datos
considerados cómo válidos en el pasado y declarados ahora como erróneos o, al menos,
insuficientes.
Alguno dirá que la ciencia alcanza certezas que se conservan a pesar de las variaciones de datos
sobre aspectos particulares. Pero incluso las certezas, un día, llegan a ser puestas en entredicho. ¿No
creía el premio Nobel Jacques Monod en “dogmas” de la biología molecular que hoy empiezan a
ser puestos en entredichos?
Ser conscientes de esta situación no significa desprestigiar al mundo científico, sino reconocer algo
propio de la investigación empírica: su contingencia y su necesidad de continuas mejoras.
Este punto ya había sido notado por Platón y por Aristóteles. Para los dos filósofos griegos, nuevas
observaciones y cálculos más precisos permiten mejorar las diferentes teorías explicativas. Así se
construye el camino de la ciencia: los estudiosos construyen desde el pasado y avanzan hacia
conquistas que, esperamos, se acerquen cada vez más a la verdad.
La ciencia experimental tiene, en resumen, un talón de Aquiles: su contingencia. Reconocerlo
permite, por un lado, relativizar números y estadísticas que hoy parecen “seguras” (por ejemplo,
sobre la cantidad de genes que pueda haber en el ADN humano), al acoger cada “resultado” de la
investigación con una prudente distancia. Por otro, tendremos la suficiente apertura mental para
analizar nuevas informaciones que desvelen dimensiones hasta ahora desconocidas sobre el
macrocosmos y el microcosmos en los que se desarrolla la existencia humana.