¿Independencia o dependencia?
P. Fernando Pascual
22-12-2012
Muchos creen que la dependencia sería algo negativo, mientras la independencia consistiría en un
progreso y un avance hacia lo mejor.
En realidad, toda vida humana está marcada por una profunda dependencia. Es cierto que esa
dependencia cambia con el paso el tiempo, pero también es cierto que nunca conseguimos una total
independencia.
El inicio de la vida consiste en una dependencia casi absoluta de la madre. El embrión puede
desarrollarse gracias al ambiente que le rodea. Luego, su cuerpo se desarrolla hasta el día
maravilloso del parto, de una primera “independencia” que no lo es del todo.
El niño recién nacido depende muchísimo de su madre y de quienes más o menos están a su lado.
Qué comer, cómo vestir, de qué peligros alejarse: miles de indicaciones le protegen y le ayudan,
desde lazos que, si hay amor, permiten un desarrollo armónico y sano.
Con el pasar de los años aumentan las posibilidades de independencia. El niño no tan niño entiende,
discute, decide, acepta o rechaza lo que le dicen en casa o en la escuela. Mientras avanza hacia la
adolescencia y la juventud, el deseo de libertad se hace más y más fuerte: siente que la vida está en
sus manos.
Sin embargo, ni siquiera con la mayoría de edad logra romper sus dependencias. Porque no tiene un
trabajo, porque le falta dinero, porque necesita crecer en la madurez psicológica, porque se
tambalea ante las señales de alguna enfermedad más o menos duradera, el nuevo “adulto” sigue
atado a lazos humanos, no consigue una independencia completa.
Llega, por fin, lo que parece el inicio de una etapa plenamente autónoma: un trabajo, algo de dinero,
una casa propia, un coche... Pues bien, el hombre o la mujer no dejan de vivir en un planeta
complejo, de respirar un aire imprescindible, de consumir comida producida y transportada por
otros: siguen en pie cientos de dependencias.
Si, además, uno empieza la experiencia del enamoramiento, se ata de un modo profundo a otro,
hasta el punto de llegar a una radical dependencia. Mal llevada, esa dependencia puede ser
patológica. Vivida correctamente, ayuda a descubrir la belleza del unirse a otro, a otra, en ese
mundo maravilloso que consiste en el amor.
Plantearse la alternativa “independencia o dependencia” es, por lo tanto, insuficiente, o incluso
erróneo, si no reconocemos que cualquier existencia humana inicia, se desarrolla y alcanza su
plenitud entre miles de decisiones libres (desde una sana independencia), y con ataduras; unas
involuntarias (las dependencias irrenunciables), y otras escogidas desde una experiencia
radicalmente humana: las que nacen de un amor auténtico y bello.