Argumentos, ateos y creyentes
P. Fernando Pascual
3-3-2013
Si un argumento es bueno convence. El profesor quiere demostrar un teorema. Escribe, infiere,
aclara. Los alumnos salen convencidos.
Empieza una discusión sobre Dios. El ateo da sus argumentos. Nada. El creyente da los suyos.
Nada. Al final, los dos vuelven a su casa con las mismas convicciones de antes.
Es cierto que algunos argumentos han convencido a ateos a dejar de serlo, o a creyentes a
abandonar su fe. Pero notamos que existe una diferencia abismal entre una demostración
matemática y una demostración sobre Dios (a favor o en contra de su existencia).
¿En qué radica la diferencia? Alguno dirá que en los prejuicios. El ateo y el creyente piensan y
razonan desde una serie de disposiciones interiores que les ayudarían a mantenerse en sus propias
ideas y les “inmunizarían” ante los argumentos de quien defienda lo contrario.
Surge la duda: ¿de verdad todo depende de los prejuicios? Porque si así estuvieran las cosas, no
tendría ningún sentido organizar debates a favor o en contra de la fe. Además, hay personas que han
pasado de un lado al otro, precisamente ayudados por argumentos.
Si vamos más a fondo, nos damos cuenta de que los argumentos funcionan de diferente manera en
ámbitos distintos. La idea ya se encuentra en Aristóteles. Aquel filósofo sabía muy bien que no es
adecuado suscitar persuasiones en el ámbito ético desde demostraciones como las que usan los
geómetras, ni que un buen profesor enseña matemáticas usando argumentaciones como las que
emplean los oradores ante un tribunal.
Reconocer que temas diferentes son tratados según modalidades diferentes no resuelve el problema
de fondo sobre lo que ocurre en las discusiones sobre Dios. Porque si un argumento lleva a unos a
afirmar su existencia y ese argumento no hace cambiar de idea a otros, o el argumento no vale, o no
ha sido bien entendido.
Nos gustaría que en temas como el de Dios fuera suficiente con argumentar. La experiencia nos
dice que los argumentos llegan hasta cierto punto, y luego cada uno decide desde presupuestos e
intuiciones a veces muy diferentes.
Mientras las discusiones siguen en pie, se hace manifiesto que el tema de Dios tiene un peso
especial en el mundo humano. Según el título de un congreso que se tuvo en Italia el año 2009 sobre
el argumento, “con Él o sin Él todo cambia”. Y en ese punto, seguramente, será fácil alcanzar un
acuerdo entre ateos y creyentes: hablar sobre la existencia de Dios puede llevar a resultados
decisivos para la vida de las personas y de los pueblos.
Porque si Dios no existe, es fácil llegar a concluir que la vida humana no puede aspirar a nada fuera
del tiempo ni a algo más allá de la muerte. Mientras que si Dios existe, se hace posible reconocer la
espiritualidad del alma, su origen desde la mente divina y su destino a algo más allá de este mundo.
Con lo cual todo adquiere un sentido luminoso y queda abierto un horizonte de esperanzas...