¿Y si un alumno suspende?
P. Fernando Pascual
16-3-2013
Un programa académico establece objetivos para cada nivel de estudios. Los estudiantes de tal
grado deberían alcanzar determinados contenidos y habilidades durante un año académico. De este
modo, al menos teóricamente, se ayuda a cada nueva generación a entrar en el mundo del saber y a
prepararse mejor para la vida profesional.
Esa es la teoría. El modo de aplicarla no resulta fácil. Especialmente a la hora de establecer cuál sea
la mejor manera para valorar si los alumnos están logrando los objetivos. En palabras más sencillas,
¿hay que dar calificaciones? ¿Cómo hacerlo? ¿Y qué hacer su un alumno suspende?
Las respuestas se diversifican. Hay quienes prefieren no dar números, sino valoraciones más o
menos comprensibles (suficiente, bien, etc.). Otros asignan números, pero no tienen claro con qué
criterios: ¿qué significa dar un 6 sobre 10 y cómo interpretarlo? Otros discuten sobre el camino para
alcanzar este tipo de valoraciones: ¿con un examen? ¿A través de trabajos y actividades en el aula?
¿Desde un test que puede ser interactivo gracias a la nuevas técnicas computacionales?
Junto al tema de la evaluación “explota” un problema ante el cual se rompen las cabezas los
encargados de elaborar programas educativos a nivel nacional o regional: ¿qué hacer si un alumno
no conquista las metas esperadas en su grado? ¿Cuántas materias se pueden suspender para evitar
una repetición de año? ¿No sería mejor que todos los alumnos pasen adelante, sean cuales sean sus
calificaciones? Y si se aplica esta última opción, ¿para que sirven las notas en este tipo de
situaciones?
Es fácil plantear las preguntas, algunas de las cuales son vividas con especial dramatismo por
personas concretas: por los maestros, por los alumnos, por sus padres y familiares. Estamos
hablando no de teorías, sino de vidas concretas, y el mundo escolar necesita una reflexión profunda
sobre este tipo de temáticas.
Un camino hacia posibles respuestas se puede recorrer con la mirada puesta en la naturaleza misma
de la educación. No se limita a ofrecer contenidos, pero éstos tienen su importancia. No trata al
alumno como a un “objeto” que tiene que cumplir unos requisitos para ser “funcional”, sino como a
una persona que ha de ser acompañada en su camino hacia la madurez. No puede dejar de lado los
deseos de los padres y las exigencias de la sociedad, pues una buena educación prepara para la vida
y abre espacios para las futuras opciones profesionales. Y todo esto desde el trabajo, a veces arduo
y no bien reconocido, de miles de maestros que día tras día buscan cómo ayudar a los niños y
adolescentes a entrar en el mundo del saber.
Con esos elementos ante los ojos, podemos intuir que las respuestas a las preguntas sobre el modo
de evaluar y sobre qué hacer con quienes no logran alcanzar las metas previstas para su año sólo
pueden darse en un diálogo entre todos, especialmente entre los padres y los educadores, sin dejar
de lado a las autoridades sociales y con una atención especialmente dirigida al alumno.
Porque discutir sobre temas educativos no significa construir castillos en el aire, sino reflexionar
sobre vidas concretas. Por lo mismo, una decisión apresurada y aparentemente fácil según la cual
todos pasan de año, aunque suspendan, puede agradar a muchos pero crear enormes problemas.
Como también una decisión radical y “seria” que obliga a repetir año a quienes suspenden varias
materias también genera otros problemas que no pueden quedar en el olvido.
¿Qué hacer, entonces, si un alumno suspende? Involucrar a toda la sociedad en la búsqueda de
respuestas por el bien de todos, especialmente de los alumnos. En concreto, promover en la misma
escuela un diálogo abierto y constructivo entre padres y educadores en vistas a analizar cada caso,
con el deseo de llegar a la decisión mejor para el niño o adolescente con algún tipo de dificultad
académica. Y promover en la sociedad una reflexión seria y madura sobre las normativas que
puedan ayudar mejor a los estudiantes que no alcanzan las metas establecidas para cada año escolar.
En pocas palabras, la mejor manera de ayudar a los estudiantes no consiste en la exigencia absoluta
y aplastante, ni en la dejadez bonachona y dañina, sino en encontrar aquel modo personalizado de
acompañar al alumno para que alcance las metas que están a su alcance según la propia psicología y
según niveles educativos que pueden ser exigidos razonablemente a cada uno.