POBRES PLUMAS
Miró en dirección al sol.
Lejano, poderoso e incandescente.
Agitó sus alas y remontó vuelo.
La cornisa se quedó sin sus cantos y su presencia pequeña.
Agitó sus alas y se transformó en un pequeño punto oscuro entre el azul y
las nubes.
Agitó sus alas y se perdió en la altura.
Allí los vientos se hicieron fuertes.
Sus plumas se agitaron por el viento que las despeinaba.
Miró en dirección al sol.
Lejano, poderoso y más incandescente aún.
Miró hacia abajo y los paisajes, por él conocidos, aparecían pequeños por
entre las nubes.
Tomó conciencia que el sol era una realidad demasiado lejana para sus
pequeñas alas.
Sus fuerzas no le permitirían llegar hasta el sol.
Dejó de agitar sus alas y comenzó a planear llevado por el viento.
Planeando comenzó a descender lenta y progresivamente.
Volvería a su tranquila cornisa aunque su corazón anhelaba al sol.
Sabía que habría de ser pleno en cuanto dejase que todas sus plumas se
llenasen de sol.
Poco a poco fue identificando los lugares de donde, no hacía mucho, se
había apartado.
Sin necesidad de mucho esfuerzo ubicó su cornisa y se dejó posar.
Ese era su mundo, su lugar y su espacio.
Volvía con las ganas intactas de llenarse de sol.
Una vez ubicado en su cornisa acomodó sus plumas pero no pudo dejar de
sentir que su corazón latía con prisa.
Eran sus ganas de sol y la fatiga del vuelo emprendido que se juntaban en
él.
Desde su cornisa se lanzó, como tantas veces, en dirección al suelo.
Allí siempre encontraba su alimento y algo de agua para beber.
Dando pequeños saltitos se dirigió hasta un charquito para calmar su
ansiedad con un algo de agua.
Grande fue su sorpresa cuando, al asomarse al charquito, descubrió que allí
estaba el sol.
Casi sobre la superficie del agua y brillante como en lo alto del cielo estaba
el sol.
Ese sol con el que soñaba. Ese sol que deseaba para sus plumas.
Lentamente se introdujo en el agua y la superficie se llenó de ondas.
El sol no se alejaba con aquella presencia sino que se prolongaba en cada
una de las ondas.
Metió su cabeza en el agua y al sacarla descubrió que el sol caía ante él en
cada gota.
En la punta de su pico mojado el sol brillaba presente y cercano.
Abrió sus alas y las agitó para que entraran y salieran del agua.
Las plumas de su cuerpo se erizaron para permitir que el agua llegara hasta
su piel.
Cuando retiró sus alas del agua estas estaban llenas de sol.
En cada gota había una presencia de sol.
En cada pluma habían muchas presencias de sol.
Una y más veces volvió a repetir aquella acción y descubrió que el sol no se
había ido del charquito sino que se había multiplicado en el agua y en sus
plumas todas.
Miró en dirección al sol y ya no le pareció tan lejano.
Sabía que todo él estaba lleno de sol.
Un sol nuevo que se detenía en cada una de sus plumas.
Un sol distinto que se encontraba en cada una de las muchas gotas que lo
rodeaban cuando sacudía sus alas.
Todo empapado de agua y sol emprendió su vuelo hasta la cornisa.
Era una pequeña bolita con sus plumas mojadas y erizadas.
Sin moverse dejó que el calor del sol le invadiese.
Se sentía acariciado por los rayos del sol y pleno de dicha porque sus
plumas se habían llenado del tan deseado sol.
Ahora sabía que al sol no debía buscarlo en lo inalcanzable sino en lo
cotidiano.
Ahora sabía que sus pobres plumas no eran tales puesto que estaban llenas
de sol.
Entonces, desde su segura cornisa, comenzó a esbozar su mejor y feliz
canto.
Padre Martín Ponce de León SDB