CARISMA, VOCACIÓN Y ESTADO IV
Padre Pedrojosé Ynaraja
No hay que olvidar que la única vocación universal y fundamental del cristiano es a la santidad.
Dicho lo cual, me he dedicado a escribir algún comentario referente a la matrimonial y, de
refilón, a la religiosa o al sacerdocio ministerial. Ahora bien, no se puede olvidar que existe,
libre y vocacionalmente, el estado de soltero, aunque pueda parecer extraño a algunos. Tal vez
indicios que se lo descubran, sean los impedimentos que han encontrado cuando han
pretendido adentrarse en la vida religiosa o el haberse visto incapacitada la persona de
conseguir un enamoramiento pleno y correspondido. Por ello, se podría afirmar que han sido
negatividades o carencias, lo que les han conducido a este estado. Ahora bien, reconozco que
en mi vida, me he encontrado con algunos que en la libertad de la vida seglar, fieles a la ayuda
sacramental, se entregan a un servicio admirable, en lugares de misión, en el famélico Cuarto
Mundo, en asistencia a enfermos o discapacitados, sin olvidar a los que escogen la vida
eremítica, en recintos solitarios de montañas u ocupando antiguos lugares de culto que habían
caído en el olvido. Y estoy recordando ejemplos masculinos y femeninos. Por extraño que
parezca, emiten a veces, “aroma de santidad” con mayor vigor y atractivo que algunos
“profesionales de la religión”
No puedo ignorar la triste suerte de los divorciados, que no han escogido la separación, que sin
quererla se han topado en ella. O la de los viudos o viudas. Amén de los totalmente impedidos
físicamente, que se han encontrado en esta situación a consecuencia de herencia genética.
Descubrir, en estas circunstancias, la propia vocación es difícil. Se me ocurre ahora que,
cuando a San Francisco de Sales le nombraron obispo de Ginebra, incapacitado
aparentemente para ejercer su ministerio, recuérdese a Calvino, dadas las características de la
ciudad en aquellos precisos momentos, reflexionó y escogió esta sentencia: donde Dios nos
plantó, es preciso saber florecer. Confieso que yo mismo, a mis 26 años, ilusionado sacerdote,
capacitado para el apostolado juvenil por la formación recibida en el movimiento scout, se me
envió a La Llobeta. Aquel destino, aparentemente, era la puntilla a mis ensueños. Lo pensaba
yo y quien a este lugar me envió. Pero los designios del Señor, muchas veces, no coinciden
con los de la autoridad. Nunca hubiera imaginado lo que Dios me ofreció, a lo que le fui fiel,
aunque me costó lo suyo descubrirlo.
Ni para divorciados, ni para angustiados viudos sin hijos, ni para torturados por la parálisis
cerebral, ni para víctimas de corea de de Huntington, puedo aportar una receta. Recuerdo
siempre la frase de “la peste” de Albert Camus: nunca podré aceptar una religión que no
explique el dolor de los niños. Pero también la de Emmanuel Mounier: nada se parece tanto a
Cristo, como la inocencia que sufre. No lo decía para quedar bien: su hija estaba paralítica,
víctima de una encefalitis. En ciertas situaciones hay que aceptar el misterio y tratar de seguir
siendo fiel, como quien camina de noche, sin distinguir ninguna luz de referencia.