Verdades desde la humildad
P. Fernando Pascual
20-4-2013
Se ha dicho tantas veces que seguramente muchos lo dan por cierto: quienes creen poseer la verdad
son peligrosos, porque tienden a despreciar a los que piensan de otra manera y buscarían imponer,
incluso con la fuerza, su punto de vista.
¿De verdad es peligroso quien piensa que conoce la verdad? Porque si eso es cierto, serían
peligrosos miles de médicos que creen que su diagnóstico es verdadero, y miles de arquitectos que
están convencidos de la seriedad de sus planos, y miles de policías que escriben los datos de las
matrículas de los coches que están, verdaderamente, aparcados en una zona prohibida.
Por eso no todo el que posee la verdad se convierte, automáticamente, en alguien peligroso. Como
tampoco es una blanca e inocente paloma quien carece de certezas.
Más allá de la famosa frase, hay algo que sí conviene tener presente a la hora de dialogar: con
humildad y con dulzura las verdades llegan más fácilmente a los corazones.
Porque poseer la verdad desde la humildad permite tener una actitud sencilla, cordial, abierta,
disponible a la escucha.
La humildad que sazona un diálogo comprende las dificultades del interlocutor, reconoce que no
basta con decir las cosas para hacerlas asequibles, busca el mejor modo para ayudar a quien está
equivocado y tiene buena voluntad.
No es ciertamente humildad hacerse pasar por ignorante cuando uno está seguro de algo. La
humildad radica en no creerse superior a quien piensa distinto, aunque esté equivocado. Porque
todos podemos equivocarnos, y porque una verdad presentada con ropaje sencillo y humilde es más
asequible para todos.
Presentar las verdades desde la humildad permite progresar en el diálogo constructivo. Es algo que
vale para cualquier época histórica, especialmente cuando un pluralismo a veces agobiante provoca
tantos debates inútiles por falta de actitudes abiertas y humildes.
Una mano queda tendida desde la verdad y la humildad. Así será posible iniciar un diálogo abierto,
franco y sereno, desde el cual dos corazones avanzarán hacia una meta maravillosa: la que une a las
personas cuando, tras superar un error, vibran al unísono al haber sido iluminadas por la luz de la
verdad.