Misas de horario...
Comienza la misa a las 19 hs puntualmente. Todo está preparado. Ya se leyeron las
intenciones, el guía invitó a ponerse de pie y cantar. El sacerdote y dos monaguillos suben al
altar. Termina el canto de entrada entonado por una señora que también oficia de ministra de
la eucaristía. Se inicia con la señal de la cruz. El sacerdote se concentra en el misal. No miró a
los fieles en ningún momento, el decoro y la solemnidad de la celebración no lo merece,
tampoco los saludó con un respetuoso: Buen día! o Buenas tardes! Todo sigue su curso
normal: pedido de perdón, gloria, oración y arranca la primera lectura. Con mucha dificultad
un hombre, que tambien es ministro de la Eucaristía, intenta leer un fragmento del Antiguo
Testamento y para el pesar de los oyentes continua con el Salmo, pronuncia de la manera que
puede los nombres hebreos. La segunda lectura la hace un monaguillo entusiasta y al
terminar dos se￱oras entonan “Aleluyas” en distintas versiones, prevalece la se que se acerc￳
al micrófono. El sacerdote se dirige al Ambón y comienza la lectura del Evangelio en correcta
dicción. Termina la lectura y empieza la homilía. Son las 19.10 muchos jóvenes recién están
llegando y comienzan a instalarse en la puerta trasera, desde la linea de entrada hacia la calle.
No hay ninguna niña que celebre sus quince años, por lo tanto estos jóvenes seguramente son
de familias católicas que insisten a sus hijos la asistencia a la misa dominical. Tal vez alguno
participe en algún grupo juvenil y alguno que otros sea un autoconvocado... suele ocurrir.
Los ventiladores del templo se hacen sentir en esos segundos que el sacerdote
acomoda el Leccionario y se prepara a desplegar su homilía escrita. Comienza a leer lo que
preparó para reflexionar sobre la Palabra. Hasta ahora no saludó a los fieles y pareciera que no
va a hacerlo por el resto de la misa. Empieza a explicar el contexto bíblico de la primera
lectura y como se debe interpretar para no caer en el error. Pasaron quince minutos de datos
históricos, técnicos, bíblicos y teológicos. Se inicia la reflexión del Evangelio proclamado. El
tono es moral. Muy moralista! Si no haces esto, no mereces aquello o el clásico horóscopo del
“deber ser”: “así también les va ir”. En muchas apreciaciones parece que el sacerdote adivinó
la conciencia de todos los presentes porque dice en repetidas oportunidades que no nos
merecemos ser Hijos de Dios porque hacemos todo lo contrario a lo que nos enseña. Tambien
se nota que conoce mucho a sus parroquianos porque enumera todos los problemas familiares
que se desatan en el barrio por no cumplir con la ley de Dios. Se escuchan ejemplos como: “El
otro día una se￱ora me vino a hablar y me dijo...tales y tales cosas”. Yo Pensaba que sería
bueno que esa señora no vuelva a la Parroquia o por lo menos que deje de contar las
intimidades al párroco. Los jóvenes que se habían ubicado de la puerta de salida para afuera
miran hacia adelante pero sin un punto fijo definido. Parece que están en otro lado. Cada tanto
miran su celular, tal vez allí hay algo nuevo. Una señora del primer banco asiente con la
cabeza todo lo que dice el padre desde el ambón, hay otras señora que reza el rosario. Las
se￱oras que guían y cantan discuten quien va a leer “que cosa” después de la homilía. Los
monaguillos están ahí. La homilía avanza y se escucha en repetidas veces: “Debemos ser
así...”, “Debemos cambiar...”, “Estos males nos pasan porque no somos lo que Dios nos pide...”.
Terminó la homilía, se escucha la invitación a rezar en la Oración de los fieles. A
continuación se invita a ser generosos con la Iglesia (muy generosos). Se sientan todos y las
mujeres que pasan los canastos para depositar el dinero sonríen a quien deposita algo.
Siempre hay gente generosa. Se acercan las ofrendas, los responsables, que casualmente
tambien son ministros de la eucaristía ya están en su posición para llevar al altar el pan y el
vino. Se canta “Se￱or toma mi vida nueva...” esta vez las se￱oras se pusieron de acuerdo y
comienzan al unisono.
Siguen las oraciones sobre las ofrendas, la plegaria eucarística y la preparación para la
comunión. Se recuerda por micrófono que aquellos que no estén debidamente preparados por
favor no se acerquen a comulgar. Comienza la procesión para la comunión, algunos fieles
toman asiento y otros intentan seguir los cantos. Termina la comunión y el silencio se corta
con los avisos parroquiales. Ningún aviso es para las personas que no sean del Consejo
Parroquial o de los grupos activos de la Parroquia. El Padre se dispone a hacer la oración final.
Los jóvenes que estaban detrás de la puerta de salida ahora están en la vereda. Muchas
señoras aprovechan los últimos minutos para rezar a los santos de los costados de la Iglesia.
El sacerdote da la bendición final. La gente se retira y las señoras que guían y cantan, junto a
los que llevaron ofrendas y otros mas se juntan para charlar mientras se van apagando las
luces del templo. El sacerdote atiende algunas bendiciones y saludos cordiales. El templo
quedó vacío. Se escuchan las palomas, el ruido de puertas que se cierran y los autos que
arrancan afuera.
La semana siguiente decidí ir a otra Parroquia. Al llegar se me hace difícil conseguir un
lugar para tomar asiento. La Iglesia está colmada. Hay muchos jóvenes. Me llama la atención
la presencia de jóvenes. El templo se ilumina rápidamente y suenan los instrumentos y se
oyen las voces esplendidas del coro. Ingresa un sacerdote avanzado en edad. Se lo nota
cansado pero motivado por la encendida presencia de fieles y la armoniosa melodía de
entrada. Comienza “En el nombre....”que fue lo único que se entendi￳ durante toda la misa. No
se puede interpretar sus palabras. Habla muy despacio, con un tono suave y débil. No se
entiende. Yo miro a los j￳venes que vinieron “hoy” a misa. Vinieron muchos mas apenas
comenzó la primera lectura. Minutos mas tarde después del Evangelio comienza la homilía: no
se entiende nada. Hay muy buena instalación de sonido pero el débil timbre de voz del anciano
sacerdote no se alcanza a comprender. Los jóvenes que son al menos unos veinticinco y mas
atrás, otros tantos permanecen quietos. Están presentes. La homilía prácticamente fue
inentendible. Continúa la misa como es habitual con sus largas oraciones que suenan familiar
y por eso da la sensación que se entiende lo que dice. Llega al final la misa, el sacerdote se
despide, se retiran los fieles. Los jóvenes que llamaban la atención por su docilidad a la
situación de falta de entendimiento comienzan a retirarse del templo. Tan sólo a una cuadra se
escucha un templo cristiano con musica en alto volumen y un predicador avispado y muy
suelto que invita a los que allí se congregan a alabar a Dios, a amarlo de corazón y a poner
todos los sufrimientos en sus manos. La gente se va retirando rápidamente del templo
católico. Quedan unos pocos cerrando puertas y comentando algún imprevisto durante la
función religiosa.
Algo deberíamos cambiar en nuestras celebraciones. Tal vez una cuota de humanidad,
de recepción a los que se acercan. Alguna autocrítica de nuestras maneras institucionales de
actuar podemos realizar. Tal vez podemos mejorar nuestra pastoral interna antes de pensar en
grandes misiones o utopías evangelizadoras. Quizás podemos evangelizar el trato, la
cordialidad, la imagen que damos, las palabras que decimos, la recepción que hacemos, los
detalles generales para los que vienen. Después sigamos buscando afuera, evangelizando,
misionando. En las misas de horario hay una imagen de Iglesia que no vende, no entusiasma,
y no convoca. En estas misas también se siembra, también a Cristo se muestra y no basta con
la puntualidad del cura o la guía preparada.
Hno. German Diaz
germansdb@hotmail.com