El misterio del hombre a la luz de la fe
Ángel Gutiérrez Sanz. ( Catedrático de Filosofía, autor del libro “ Humanismo y fe”)
Siempre hemos sabido que el misterio del Verbo Encarnado era la clave para dar
respuesta a las grandes incógnitas del hombre, sobre todo por lo que se refiere al
dolor y la muerte que tanto escandalizan y desconciertan al hombre de hoy, tan
hedonista . La encíclica Lumen Fidei del Papa Francisco recientemente aparecida,
pone de relieve esta dimensión de la fe, sobre la que siempre es oportuno
reflexionar, mucho más en este año a ella dedicado.
El dolor , aunque no nos guste es compañero inseparable de la condición humana,
una realidad en nuestras vidas con la que hay que contar y contra la que nos
revelamos. No aceptamos el dolor ¿ por qué hemos de sufrir? ¿ por qué? Los
sabios de este mundo, por más que se hayan esforzado, no han podido encontrar
respuesta adecuada a esta pregunta. La sabiduría humana nos deja profundamente
insatisfechos a la hora de encontrarle algún sentido, ha tenido que venir la fe en
nuestra ayuda, para decirnos que es la cruz la que nos une a Cristo. Todos los que
hemos aprendido a rezar a los pies del Crucificado , lo sabemos muy bien. Habría
que decir con Unamuno “ De ti aprendimos , Divino Maestro de Dolor, dolores que
surten esperanza”
La “teología crucis” siempre ha sabido encontrar al otro lado del dolor, su carácter
salvífico. El sufrimiento de los inocentes humanamente absurdo, humanamente
injusto hay que verle como prolongación de aquel primer Viernes Santo. La imagen
doliente del niño abandonado , del anciano olvidado, de la mujer maltratada de
todos los que sufren sin culpa nos llevan a recordar el rostro dolorido de Cristo que
salva al mudo. La celebre frase de Sartre: “ Sufro, luego Dios no existe” habría que
cambiarla por esta otra del creyente
“ tener vocación de cristiano es tener vocación de crucificado. Naturalmente no
estoy hablando de un dolorismo morboso, de un sufrimiento cualquiera, sino de un
sufrimiento divinizado. No de la complacencia del dolor por el dolor ya que esto no
sería cristiano, sino del sufrimiento fecundado por la fe y el amor.
Cuando reparamos en la muerte nos sucede algo parecido. Nadie quiere hablar de
ella ni del misterio que la envuelve. Dios mío ¿ porqué he de morir? Seguramente la
muerte no es como decía Heidegger la que da el sentido a la vida , pero tampoco
es ella quien se lo quita. La imagen platónica de la vida como un aprendizaje para
la muerte , nos situa dentro del vértigo de un viaje en el que sin remedio todo va
quedando atrás, una partida con despedidas dolorosas y desprendimientos
desgarradores, hasta que por fin nos quedamos solos, porque la muerte es eso, un
dramático momento de soledad en el que nadie puede acompañarnos. De ahí que la
muerte haya sido el gran tema ontológico de la filosofía existencial. Encontrar un
significado a la muerte es imposible para quien se coloca fuera de la perspectiva de
la fe , sólo a través de ella se nos hace misteriosamente presente una nueva
existencia que el cristiano celebra como el “ Dies natalis”
Por experiencia sabemos que todos tenemos que morir un día, por fe sabemos
además que habremos de resucitar con Cristo. Quien esto sabe, sabe ya más que lo
que le hayan podido enseñar todo los humanismos filosóficos y científicos juntos.
Creer en la inmortalidad ha sido el signo distintivo de la fe cristiana que nos
permite encarar con optimismo y esperanza el futuro. Para los que en expresión de
Rhaner aceptan la muerte como acto supremo de liberación, no habrá nunca
desesperación , porque en su interna soledad brillará siempre una luz.
Precisamente porque los cristianos estamos esperanzados con la muerte
disponemos de la razón más poderosa para poder amar la vida.
Hemos sido testigos de como la antropología contemporánea ha sido reconducida a
un callejón sin salida, donde todo se ha vuelto problematicidad. Allí donde no existe
más que la inmanencia no se puede llegar muy lejos en el escudriñamiento de lo
humano y esto es lo que ha pasado, la falta de horizonte de trascendencia a
acabado en disolución del hombre, algo de lo que tanto se viene hablado en la
posmodernidad. A través de la vivencia del propio yo insertado en su finitud, hay
que saber ver al otro yo que se adentra en otra dimensión más profunda y que
busca su reposo en el Absoluto. Esa zona interior de soledad es el lugar donde la
voz de Dios comienza a hacerse perceptible. En algún momento de nuestra
existencia todos los seres humanos hemos experimentado la presencia escondida
de ese otro yo oculto que 1levamos dentro. Después de los numerosos intentos
fallidos en los tiempos modernos de construir una antropología sin Dios, parece
cada vez más claro que el hombre, por naturaleza, está inserto en la órbita de lo
divino. “Esta esfera del ser absoluto, decía Max Scheler pertenece a la esencia del
hombre tan constitutivamente como la conciencia de sí mismo y la conciencia del
mundo, prescindiendo de que dicha esfera sea accesible o no a la vivencia o al
conocimiento” Por eso un humanismo si quiere ser integral no puede sustraerse a
la trascendencia y ha de abrirse a la luz que nos viene de lo alto. En estos
momentos de inseguridad, en que tanto las ideologías como los sistemas
filosóficos, incluso la misma ciencia atraviesan profundas crisis, es necesaria la fe.
El hombre no puede por más tiempo seguir siendo víctima de su propia soberbia y
ha de ir comprendiendo que necesita de Dios pues como bien decía Kierkegaard “El
hombre que no quiere hundirse en la miseria de la finitud no tiene otro remedio hoy
día que lanzarse con todas sus fuerzas hacia la infinitud.“ Aunque aparezcan como
desaparecidas las aspiraciones sobrenaturales , no podemos decir que están
muertas, sólo están dormidas . Toda la vida de cualquier hombre está rodeada de
misterio desde que nace hasta que muere y nadie puede renunciar sin dolor al
mundo de lo religioso fuente de donde fluye la luz que puede ayudarnos a
comprender un destino tan enigmático como el nuestro