JMJ DE BRASIL, ¿DE JOVENES O NO? ¿EN QUÉ QUEDAMOS?
Padre Pedrojosé Ynaraja
Hace años, comentando la muerte de un monje amigo, el P Guiu Camps, de
Montserrat, recordaba el dicho de tribus amerindias: cuando muere un anciano,
desaparece una biblioteca. Queda bien decirlo, pero, en la práctica, en la práctica
de nuestra decadente sociedad occidental, a nadie le preocupa la muerte de un
viejo. Aun más, en algunos casos se le lleva a una residencia, donde, eso sí, está
muy bien atendido, pero huérfano del cariño de su familia. Al perro no, cada día se
le saca a pasear y se toman personalmente las necesarias medidas higiénicas. Un
paso adelante, respecto a la gente mayor, sería admitir la eutanasia. Me he puesto
trágico, se me dirá. Caricaturizar es habitual en mí. Y ya sabéis que
frecuentemente, la identidad de una persona se percibe mejor mediante una
caricatura que con un foto.
Como su nombre indicaba, la reunión de Rio de Janeiro era de jóvenes y,
paradójicamente, el Papa Francisco va y dice al rezar el Angelus: "Los niños y los
ancianos construyen el futuro de los pueblos. Los niños porque llevarán adelante la
historia, los ancianos porque transmiten la experiencia y la sabiduría de su vida.
Esta relación, este diálogo entre las generaciones, es un tesoro que tenemos que
preservar y alimentar". ¿Quién le hará caso?
A los viejos nos llaman carrozas, nada que no invente o haga gente joven, tiene
valor, he oído en más de una ocasión. Hay que reconocer que en la primera etapa
de la vida del ser humano, se carece de una serie de posibilidades. Los huesos
deben alargarse y consolidarse y el complejo endocrino madurar y equilibrase,
entre otras cosas. Esta carencia muchas veces se olvida y el chico o la chica se
creen el centro del mundo y con poderes para comérselo. Si se han fornido de este
orgullo, al primer fracaso se hunden. Los ancianos pierden capacidad auditiva,
fuerza muscular y sus hormonas se apaciguan, entre otras peculiaridades. Entre
una y otra etapa está la adulta, que hoy quiere atribuirse, en muchas ocasiones, el
calificativo de joven. Condición que no merece un cuarentón o cuarentona, pero
que nadie se lo discute.
Y este Papa original, nadie duda de ello, al mundo lejano, mediante radio y Tv y al
próximo que ha acudido a una convocatoria juvenil, se le ocurre elogiar a la infancia
y la ancianidad. Y nadie protesta. Vuelvo a repetir, pero ¿alguien se molesta en
estudiar y tal vez aceptar sus criterios?. Y que nadie olvide, después de alegrarse
de sus genialidades cristianas, que tiene 77 años.
¿Quién se atreve a llamar viejo al Papa Francisco? La Fe, la Esperanza y la Caridad,
no van al unísono con la biología. Y, gracias a Dios, él no es un testimonio único.
Nadie se atrevería a marginar a la Madre Teresa de Calcuta, a Mons Proaño, al
arzobispo Helder Camara, a Chiara Luvich o a Juan XXIII, por citar unos pocos. La
Gracia es capaz de mantener la juventud espiritual. La vanidad y el orgullo,
envejecen y arrugan el espíritu.