En nombre de la laicidad...
P. Fernando Pascual
6-9-2013
La laicidad puede ser usada para el bien y para el mal. Ocurre con esa palabra algo parecido a lo
que ocurre con la palabra justicia: bajo un término tan noble unos han defendido a los inocentes y
otros han pisoteado a los más débiles.
La laicidad es mal usada cuando sirve para arrinconar a las religiones y para prohibir a los creyentes
participar justamente en la vida pública. Como también es mal usada cuando grupos de presión
piden el reconocimiento de derechos que no existen, con menoscabo de la tutela de las personas y
los grupos que sí merecen ser protegidos por la ley.
Por ejemplo, es un mal uso del término laicidad el que se da cuando se recurre a ella para legalizar
un delito tan grave como el de eliminar la vida de un ser humano inocente (un hijo) antes de su
nacimiento. O cuando se invoca para defender el reconocimiento como si fuese unión matrimonial a
lo que nunca puede ser matrimonio por falta de algunas de sus características fundamentales.
El mundo moderno puede acostumbrarse a este tipo de abusos. Un término se levanta como bandera
para que grupos de poder defiendan intereses que van contra lo propio de la ley, contra el bien
común y contra los derechos legítimos de personas o grupos que en ocasiones quedan en el más
completo desamparado.
Reconocer que hay malos usos del término laicidad prepara el camino para profundizar en el
mismo, para defenderlo de manipulaciones, y para construir sociedades más justas y más
participativas.
Sólo desde una actitud abierta, donde cada ser humano pueda intervenir en la vida pública con sus
creencias sanas y con actitudes de respeto profundo hacia los demás, será posible encontrar ese
modo justo de convivencia que una sana laicidad está llamado a tutelar y promover.