COMPARTIR
Padre
Pedrojosé Ynaraja
Esta palabra como centenares de otras,
la sé desde pequeño, ahora bien, reflexionar sobre su significado, no lo hice
hasta que asistí a un concierto del P. Duval, el buen jesuita que asombró a
tantos, atreviéndose a subir al escenario y proclamar, cantando, ideas
cristianas oportunísimas. Me hablaron de él, de que era un excelente
“chansonnier”. En aquel momento, creo recordar, que casi no se conocía a otro
que Georges Brassens. En cuanto pude acudir a escucharle. En el texto de una
canción, agradecía a Dios que nos hubiera dado la amistad, que nos permitía
“partager”. Sabía yo por aquel entonces muy poco francés. Supuse el
significado, pero lo busqué en el diccionario y, pese a coincidir con el
titular del presente artículo, el concepto lo recuerdo siempre con esta
expresión francesa.
Compartir ha sido siempre uno de mis
móviles cristianos. He descubierto también que compartir está en la esencia de
la Redención, que vino a traernos el Hijo de Dios. No se limitó a salvarnos y
resucitar. Dedicó más tiempo a compartir con los discípulos, que a instituir y
dejarnos la Eucaristía. O tal vez fue porque la Eucaristía es compartir con Él
y con los que conjuntamente la celebramos. Viene a la mente ahora el episodio
de Emaús: compartir 15km. Partir el pan, unos minutos. Y era precisamente el
mismo día de su resurrección.
Antropológicamente considerada la
cuestión, pertenece a lo más genuino de nuestro ser personal humano. Siendo por
esencia incomunicables en totalidad, tratamos instintivamente de conseguir
cierta comunicación con los demás, que es el primer paso hacia el compartir.
Compartir es comunicarse con confianza
y en profundidad. Lo primero es esencial, lo segundo se logra más o menos,
siempre tratando de crecer en ello, dependiendo de ello la satisfacción y el
enriquecimiento espiritual que uno consigue.
Hay personas que de inmediato que uno
entra en contacto con ellas, se da cuenta de que tienen su interior protegido.
Han edificado barreras. Están a la defensiva siempre, ocultan cuidadosamente lo
creen es su tesoro espiritual, se ocultan en trincheras, son incapaces de
confiarse al otro, sea quien sea. Consecuencia de ello, sufren crónica soledad.
El hombre inventó el lenguaje, más
tarde la escritura. Llegó a comunicarse a distancia mediante fuego o humo. Consiguió
en la modernidad, gracias a sus adelantos técnicos, trasmitir signos, palabras
y hasta imágenes. El morse, el teletipo, el teléfono, la radio, la televisión,
son testimonios de ello.
Al principio fue comunicación entre
personas, fue luego comunicación social. Este último logro parece que ahogó al
primero y así se dice, y no creo sea desatino, que la comunicación personal, es
inversamente proporcional a la abundancia de los medios de comunicación social.
Y resulta que la persona que escucha
la radio, ve la televisión, observa la prensa, etc., se siente a la par
insatisfecha.
El teléfono fue y es un gran medio de
compartir, pero tiene su precio. Por los mismos hilos de cobre o de fibra,
puede establecer comunicación. Se inventa el e-mail, supone cierto esfuerzo. Se
le facilita el mensaje SMS. Busca algo más inmediato y barato: se le ofrece el
WhatsApp. Inundan sus mensajes todo momento, día y noche, está pendiente de
ello. Cree comunicarse pero en realidad
solo notifica.
La amistad es compartir totalmente,
tanto como uno pueda, con amor.