Ignacio Echeverría

Padre Pedrojosé Ynaraja

El último libro oficial que se publicó, siguiendo las normas del Concilio Vaticano II, fue el Martyrologium Romanum, evidentemente, escrito y publicado en latín, lengua oficial de la Iglesia Católica latina. Lo adquirí de inmediato y lo consultaba de cuando en cuando, para saber el día que se celebraba un santo. Lo apreciaba, pero lo tenía aparcado en mi biblioteca. Supe que existía edición en lengua castellana y lo compré por Internet.

 

Me sorprendió mucho y aprecié, que al original donde escuetamente se menciona de donde era un santo y como murió, de acuerdo con unas indicaciones muy propias del lenguaje eclesiástico de otras épocas, se le añade ahora la denominación actual del país, de acuerdo con las normas oficiales. Resulta muy útil. Conozco bastante España, Italia, Francia, Israel y un poquitín pocos países más. Pero la denominación de las comarcas, en su expresión antigua, no era capaz de recordarlas.

 

Mi costumbre diaria por la mañana es la siguiente. Consulto el dietario litúrgico, a continuación rezo las partes de la Liturgia de las Horas que corresponden y leo el Martirologio Romano. Es una práctica muy saludable. Me alegra saber que por zonas por donde he pasado, germinaron, florecieron y fructificaron, muchos santos que yo desconocía.

 

Se califica a cada uno con el motivo por el cual se le ha incluido en el “catálogo” (el “libro de records fitness cristianos” me gusta llamarle), donde no están todos los que son o han sido, exactamente como ocurre con los concursos de mises o místeres, que no quiere decir que los o las que ganan un concurso, representen la suprema belleza humana.

 

En el libro al que me vengo refiriendo, abundan los mártires, los records de valentía heroica. Es fabulosa la capacidad que han tenido los humanos de torturar y matar a quienes odiaban. Son numerosos también, los o las fundadoras. Evidentemente, quienes siguieron sus normas o consejos, se preocupan de que sean reconocidos oficialmente sus valores. Tenerlos inscritos en tal álbum, da prestigio a la entidad.

 

Cierro ahora el libro y me abro a la realidad. Hace muy poco nos dieron la noticia de que Ignacio Echeverría, español residente en Londres, observando que a una mujer la estaban maltratando, sin dudar, sin calcular riesgos, se abalanzó sobre quien apuñalaba y defendió a la víctima, armado de un monopatín. El silencio respecto al fin del suceso duró 4 días.

 

De acuerdo con los protocolos, que deben ser muy justos, tanto como inhumanos algunas veces, finalmente se comunicó, que había muerto en el preciso momento de su generosa actuación. Había muerto mártir de la Caridad, eso no se decía. No es políticamente correcto airearlo.

 

Probablemente no tuvo tiempo de examinar con detalle la situación y decidir cómo debía obrar como cristiano. Si a ello se hubiera entregado, todavía hoy cavilaría inactivo, mientras a la mujer se la torturaba o asesinaba. Actuó con reflejo condicionado. Se nos han dicho sus antecedente familiares, tío-abuelo obispo, tío actual misionero, formación religiosa durante sus estudios, asistente a la celebración eucarística dominical.

 

Por ahora, ninguna organización organizada de las que tantas hay en la Santa Madre Iglesia, ha reclamado su pertenencia. Es, pues, un “cristiano de parroquia” como tantos anónimos hay hoy.

 

Recé por él cuando desconocía su situación, recé por los suyos, cuando supe su final. Le rezo a él, solicitándole su intercesión. Lo he incluido en mi “catálogo de héroes” con mucha admiración.