DEPRESIÓN-DESILUSIÓN

 

Padre Pedrojosé Ynaraja

 

No ignoro la gravedad de la depresión clínica, destroza la personalidad, sin duda. No se puede negar, sin entrar en detalles y respetando la competencia de los profesionales, que estuvo de moda y los medicamentos antidepresivos eran los que más se dispensaban en las farmacias. Respetando el diagnostico que haya podido dar el facultativo, cuando alguien me confía tal dictamen, le advierto para animarle: si tal es tu enfermedad, es señal de que no eres un sinvergüenza, un caradura.

 

Un congreso, o simposio, no sé qué calificación se le dio a la reunión, estudió si la tal situación aparecía reflejada en los textos bíblicos y se encontraron, según creo recordar, unos cuantos pasajes que daban pie a pensar que o el hagiógrafo sufría depresión o que el contenido del pasaje, su enseñanza, era aplicable al posible lector que la pudiera padecer. Dicho lo cual, y aceptado con respeto, cambio de tercio. Volveré a hablar de ello en otro momento, ya lo aviso.

 

Continúo ahora advirtiendo que depresión y desilusión no son realidades anímicas totalmente sinónimas. Y prevengo que de desilusiones no se libra nadie. Desilusionarse es una posible consecuencia de haberse ilusionado antes. Y desgraciado el que nunca divagó y proyectó feliz.

 

Ensueños que pueden ser aparentemente vanos. Recuerdo que un día me confió un chico en secreto: cuando sea mayor, me compraré una camisa de cuadros (sic). Otros son de mayor calado, se refieren, por ejemplo, al curso que quieren dar a su vida. Al descubrimiento de su vocación, dicho de otra manera. Le ilusiona a uno el éxito de un proyecto, o la esperanza de que le llegará una especial ayuda de fuera. Le ilusiona pensar que sacará una buena nota, o que le admitirán en un empleo al que ha presentado su currículum. Embelesarse es genuinamente humano, supone cargar la mente de fantasía. Ningún animal es capaz de tal proeza.

 

Les ilusiona a algunos entregar su vida a un proyecto cristiano, vivida con un grupo de amigos, que tal vez se atreva a llamar comunidad. Compartida con compañeros que creen que hay que comprometer su existencia en un ideal superior de verdad. Ahora bien, esperada o fortuitamente aparecida, llega la derrota. Desaparecen las oportunidades y, en consecuencia, se hunde la persona. Abandona todo ensueño. Se entrega a la rutina, se obscurece el ánimo, se deja arrastrar a vicios que se le ofrecen en bandeja, sin notarlo, se torna adicto a cualquier droga.

 

Se ha vuelto una persona desilusionada que ha perdido las ganas de progresar, proyectar, preparar, vuelvo a repetir, soñar.

 

No es un enfermizo, aunque le guste creérselo, para justificar que no hace nada de provecho. Y aquí está el mal. Sin pretenderlo al principio, se torna, poco a poco holgazán y egoísta.

 

Como aquí quería llegar y merece detenimiento la cuestión, continuaré otro día