ILUSIÓN PROFÉTICA (II)
Padre Pedrojosé Ynaraja
Había dicho muchas veces, de esto hace
algún tiempo, que no le faltaría vitalidad a la Iglesia mientras tuviera
misioneros. Durante mis años en La Llobeta, en aquellos “Encuentros de búsqueda
y amistad de orientación cristiana” quienes nos visitaron, los que tuvieron más
éxito del bueno y suscitaron más ilusiones, que nunca se han olvidado del todo,
fueron los misioneros. Se expresaban respondiendo al esquema: quien soy, qué
hago y porque lo hago. Su vida era admirable, sorprendente, invitaba a imitar
su gallardía.
No faltan hoy misioneros movidos por
los mismos ideales, aunque tal vez se realice en sentido opuesto al de
entonces. Quiero decir que si nuestra iglesia envió sacerdotes, religiosos y
seglares, ellos y ellas, a 12 diócesis de diversos continentes, hoy, al
contrario, carente de apóstoles del terruño, pide ayuda y acoge a quienes
llegados del Tercer Mundo, colaboran con nosotros. Hay que reconocer que tal
labor, de aquí hacia allí o llegados de allí para rendir aquí, entraña muchas
dificultades. Tal vez más la segunda. La misión es una gran riqueza, pero, hay
que reconocerlo con sinceridad, entre nosotros, generalmente, no encuentran el
terreno abonado. No se les acoge con el debido cariño, gratitud y respeto que
se merecen. Hay excepciones, no lo niego pero, en muchos casos, se les califica
de gente de importación, sin estar enraizados en el país y sus costumbres,
incapaces de comprenderlas y aceptarlas. No hay que olvidar que en América y
África residen más de la mitad de los fieles católicos que hay en el mundo. Que
son comunidades jóvenes y en crecimiento, cosa que aquí no ocurre. Aun siendo
esta la realidad, no se acepta fácilmente su mensaje.
Digo y repito que hoy y aquí, se
precisan profetas. Nuestra cultura occidental hierve de fervor político en
muchos lugares. La política es una identidad genuinamente humana. Ningún animal
logrará nunca militar en un partido. Quien se incorpora siente satisfacción,
realiza algo superior a la rutina de comer, dormir y…. pero no hay que olvidar
que el interés por el manejo de la cosa pública, que algo así es la definición,
no es un bien supremo. Interesa e incentiva, pero difícilmente satisface
plenamente. Que tal vez ocurra que el miembro de una instancia, tenga la
vivencia propia de lo que pudiéramos llamar “monje político” renacimiento de
las órdenes militares de otros tiempos, Cruzados y otras hierbas.
Ante la degradación de la vida
familiar, lo que llaman matrimonio, que se hace y deshace con tanta facilidad,
declinar la educación de los hijos confiándolos a buenas instituciones
escolares o extraescolares, pero no suficientes. El domicilio escogido,
amueblado y provisto de todos los resortes técnicos, apto para mostrar a los
demás, pero en espera impaciente de la próxima ocasión propicia para dejarlo,
aprovechando un puente, para viajar lejos, observar novedades culturales y
paisajes diferentes.
Hay que atreverse a soñar una realidad
diferente y ponerla en práctica. El domicilio, sea piso o casa, lugar de
convivencia, lugar de enriquecimiento, lugar de acogida. La Betania de nuestro
tiempo, la Caná de Galilea de aquel entonces, el lugar apto para reunirse a
celebrar una fiesta o reunirse para defenderse de algún percance. Eso fueron la
“habitación alta” donde se reunió Jesús para celebrar la Pascua o en la casa de
la madre de Juan-Marcos donde se refugiaba la primera comunidad jerosolimitana.
La casa de León Bloy a donde tantas
personas acudían, matrimonio con trece hijos que fue capaz de acoger y
enriquecer a tantas personas selectas que en aquella convivencia beneficiaron
su cultura y encontraron algunos la Fe. Y no se olvide que simultáneamente por
Francia pululaban intelectuales de gran categoría reconocida.
O la vivienda de los padres de
Baden-Powell, el fundador del escultismo, que muerto el padre cuando él era
niño, la viuda quiso que a su casa acudieran personas que enriquecieran, cada
una su manera, a sus hijos. Y así salió él.
Vivir una gran ilusión, dentro de un
mundo insatisfecho. Ilusionarse proyectando siempre nuevas aventuras, apretado
a un entorno que busca siempre asegurar su provecho personal. Soñar despierto,
para poder irse a dormir satisfecho, encantado de haber ayudado a alguien a
salir de aquella encerrona que le dictaron: piensa mal y no errarás.
Sacar a relucir al niño que todos
conservamos dentro, para contagiar un poco de inocencia a aquellos que si en
algún momento defienden una postura o una vinculación social, es porque siempre
atacan y piensan que debe suprimirse, anularse y desaparecer, la de los otros.
Para justificar una definitiva
actividad y romper vínculos tejidos en amistad, puestos en práctica
amigablemente y con buenos resultados, se me dijo un día: has de reconocer que
eres viejo y eres muy sensible. Contesté: lo primero es una gracia, lo segundo
un don, ambos recibidos de Dios, que no debo ocultarlos y deben rendir también
para los otros, gracias a mi colaboración.
Cierta ingenuidad que le doy a mi
vida, mucho ensueño y candidez, forman parte de esta actitud profética que
quiero tenga mi vida, anclada en estos momentos de insatisfacción y desengaño,
de los que no quiero huir, a los que quiero contribuir reavivándolos. Todo esto
es posible, consecuencia y exigencia de la Fe.
Comprender mucho, aceptarlo todo, aprovecharse de todo lo que esté a mi alcance, sin juzgar si es provechoso, si tiene valor de Eternidad y Esperanza, no quiero ser así. Tampoco ser nunca un hueso dislocado, ni dejarme llevar por una situación cultural decadente, que no le place a Dios.