CIEN AÑOS

Pocos días atrás se recordaron los cien años de Nelson Mandela.

Cien años del nacimiento de todo un ícono de nuestro tiempo.

Un hombre símbolo de toda una lucha y de un país.

Resulta imposible no asociar su nombre a la lucha contra la segregación racial y a Sud África.

Pero quedarnos en eso sería, dentro de la grandeza de ambas realidades, empobrecer la figura de Mandela.

Ha sido un personaje que supo superar su lucha racial y su país.

Sin proponérselo supo ocupar un lugar privilegiado dentro de la historia de la humanidad de estos últimos tiempos.

Fue l político que supo hablar de unidad y tener grandes, porque sencillos, gestos constructores de la misma.

Supo dejar de lado posturas radicales para lograr unidad y paz y mostrar que era posible.

Con un lenguaje claro y sencillo supo proclamar, en cuando espacio tuvo oportunidad, la dignidad de la persona por sobre color de piel o posición económica.

Con su manera de enfrentar la vida supo mostrarse cercano y capaz de atender los requerimientos de los demás.

Era extraño verle vestido de traje y corbata, se le veía en alguna oportunidad y ello llamaba la atención, ya que solía andar con aquellas camisolas plenas de colores que, se ve, eran de su agrado.

Sabía que lo verdaderamente importante era la dignidad de la persona y no la vestimenta que usase.

No dudó en unir a su país detrás de un juego que era, prácticamente, exclusividad de los blancos.

Supo encontrar en el deporte un instrumento de unidad para su dividida nación.

Nunca habló con rencor ni desprecio contra quienes habían sido los causantes de su lucha y de sus muchos años de prisión.

No dudaba en dejarse fotografiar rodeado de sus nietos encaramados a su sillón.

Han pasado muchos años de su desaparición física pero su legado continúa vigente.

Frases suyas continúan teniendo actualidad y vigencia para quien desee aprender de vida hecha estilo de acción.

Nada fue simple ni sencillo para él pero supo abrirse camino con su coherencia y simpatía.

Su amplia sonrisa no era una pose sino una constante en su realidad plena de sueños e ilusiones.

Para su pueblo más que el ídolo o el presidente era, simplemente, “Madiba” como se le llamaba.

Era el hombre que supo rechazar muchas medidas de seguridad que pretendían imponerle ya que disfrutaba de su libertad de pensamiento y acción.

Supo decir: “Nada resulta tan deshumanizador como la ausencia de contacto humano”

Tal vez producto de su prolongada experiencia de prisión.

Ni el cargo, ni los homenajes recibidos o los premios otorgados lo hicieron apartase de su realidad humanizadora.

Esa cercanía le hizo ser un personaje que trascendió los límites de su país para resultar un ser querido y admirado.

Esa cercanía le llevó a elegir como destino final no un pomposo cementerio o un lujoso panteón sino una tumba más dentro de su clan.

Fue coherente y eso despierta admiración y reconocimiento para un hoy necesitado de muchos ejemplos como el suyo.

Padre Martin Ponce de León SDB