EL AMOR DE LOS PADRES Y EL AMOR DE DIOS

 

MARIANO ESTEBAN CARO

 

EL AMOR DE LOS PADRES  REVELA EL AMOR DE DIOS.-El cometido, que por vocación  de Dios tiene la familia “brota de su mismo ser y representa su desarrollo dinámico y existencial. Familia, ¡sé lo que eres!”.  El mismo Juan Pablo II explica este imperativo fundamental de la familia: ser de modo creciente comunidad de vida y amor, pues “la esencia y el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor” (FC 17). La familia, en cuanto participa del amor de Dios, uno y trino, tiene la misión de revelar, comunicar y custodiar el amor.

       “Dios es amor”. Éste es el mensaje fundamental de la revelación. El amor misericordioso de Dios “además de  a través de la paternidad, se hace conocer también por medio de la ternura inigualable de la maternidad”, decía Juan Pablo II (2 de octubre de 1985). Cuando los esposos se ayudan mutuamente en su camino de madurez humana y cristiana están revelando el amor de Dios.             

        Al dar la vida a los hijos, los padres asumen la responsabilidad de darles razón de este maravilloso don, que es la vida misma: “de este amor divino los padres sois testimonio y ministros” (21 de mayo de 1983). El ser humano, hombre y mujer, “es llamado por Dios para ser testigo e intérprete del eterno plan de amor”, decía el Papa (22 de agosto de 1984). Para poder ser signo del amor de Dios a los hombres, la familia ha de llenarse de este amor de Dios. La gracia del sacramento del matrimonio ayuda a los esposos a realizar la vida familiar.

       En la Audiencia a un grupo de recién casados, el 29 de enero de 1986, les dijo el Papa que eran verdaderamente signos del amor de Dios: “el Dios del amor es el Dios de la vida”. A los Equipos de Nuestra Señora, el 23 de septiembre de 1982 les decía que este mundo envejecido, que ya no cree en la vida, en el amor, en la fidelidad, necesita “signos de la alianza nueva y eterna que le revelen el amor auténtico”. Y añadía: “A través de la fidelidad de los esposos podrán vislumbrar (entrever) la fidelidad del Dios viviente”.

       El amor de los esposos y padres es revelación del amor de Dios. Para ello el amor de los padres hacia sus hijos debe ser un amor fiel, un amor de predilección, un amor que aguarda y espera y respeta la libertad de sus hijos. En el amor del padre y de la madre, reflejo del amor del Padre, los jóvenes se verán impulsados a amar a Dios y a los hermanos, pues “nadie puede amar si no se siente amado” (Mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud de 1999).

         La familia, iglesia doméstica, “en el calor de las relaciones interpersonales de sus miembros debe ser un signo del amor de Dios. El Espíritu Santo, a través del sacramento del matrimonio, transforma el amor de la familia, haciendo de él “un reflejo de la gloria de Dios, del amor de la Santísima Trinidad”. Y continúa el Papa:”semejante modelo de familia es epifanía de Dios, manifestación de su amor gratuito y universal” (5 de enero de 1994).

 

DESCUBRIR  EL AMOR DE DIOS EN EL AMOR DE LOS PADRES.-El día 13 de mayo de 1988, en su Mensaje a los Niños decía Juan Pablo II a los padres: “Dios quiere encomendaros a los niños para que, a través de vuestro cariño, descubran el amor de Dios”. Los padres revelan de modo cercano el amor de Dios. Es una nueva y trascendental responsabilidad, que reciben de Dios los esposos cuando llegan a ser padres, pues “su amor paterno está llamado a ser para los hijos el signo visible del amor de Dios, del que viene toda paternidad” y, a la vez, el hijo es la prueba de la autenticidad del amor de los padres (FC 14).

       El hijo no es un derecho de propiedad, sino el don más hermoso que Dios puede conceder a un matrimonio (Catecismo de la Iglesia Católica 2378). Los hijos reciben a través de los padres el reflejo y la revelación del amor de Dios. Pero los niños son, a su vez,  signo que compromete a los padres para construir todos los días la verdadera comunidad de vida y amor, que es la familia.

       La imagen y semejanza del Dios-Amor es transmitida a sus descendientes por el hombre y la mujer, como esposos y padres. Por ello, los hijos son un don del amor de Dios al amor de los esposos. Juan Pablo II, el 20 de noviembre de 1993 decía a la Conferencia Internacional sobre la Infancia que “los derechos del niño se resumen en el derecho a ser amado”; la sociedad y la familia acompañarán de modo efectivo el desarrollo de sus retoños, si ponen como base de todas sus iniciativas “una renovada conciencia del deber de amor al niño”.

        El derecho de los niños a ser amados se convierte para sus padres en un gozoso deber, que el sacramento del matrimonio transforma en “un ambiente de amor sólido al que tienen derecho los hijos” para su armónico desarrollo. Este ambiente se construye sobre la estabilidad y el intercambio enriquecedor de la pareja, decía Juan Pablo II (1 de mayo de 1989).

       En la Homilía de la misa para las familias en Madrid el día 2 de noviembre de 1982 se refirió el Papa a la norma fundamental de la comunidad familiar: no es la utilidad o el placer, sino la norma personalística de que “toda persona es afirmada en su dignidad en cuanto tal, es querida por sí misma”. Y subrayaba que “el respeto a esta norma explica que en la familia todo se haga por amor”, un amor abierto a los demás y dispuesto a servir a la iglesia doméstica. En el Mensaje para la Jornada mundial de la paz de 1994, Juan Pablo II escribía: el pequeño ser humano ha de experimentar “el calor de un afecto cercano y constante”. El día 5 de abril de 2001, ante treinta mil jóvenes reunidos en Roma, pedía a las familias cristianas que ayudaran a otras familias que pasan por dificultades, “para que todo hijo que nazca pueda experimentar la tierna paternidad de Dios”.

 

LOS PADRES, ARTÍFICES DEL SENTIDO DE DIOS EN SUS HIJOS.-La vida diaria en común en el seno de la familia es la prueba que demuestra a los hijos si sus padres saben compartir o, por el contrario, están encerrados en su propio egoísmo. “La familia es el lugar privilegiado para la educación y el ejercicio de la vida fraterna y la solidaridad” (Juan Pablo II, Mensaje para la Cuaresma de 1994). En el Mensaje para el Domund de 1981 decía Juan Pablo II: “Con su ejemplo, más aún que con sus palabras, los padres enseñarán a sus propios hijos a ser generosos con los más débiles, a compartir su fe y sus bienes materiales”. La vida familiar es la mejor enseñanza del amor gratuito.

       Cuando los padres se entregan sinceramente a Cristo y viven toda su vida de acuerdo con esta entrega, están poniendo el medio más eficaz para que el mensaje de la fe sea recibido espontáneamente. La razón de esta “espontaneidad” es el amor que todo hijo siente por sus padres. La eficacia de este testimonio cercano y diario de los propios padres hace de ellos verdaderos testigos y artífices del nacimiento del sentido de Dios en sus hijos.

      La vida de los padres, coherente con su fe, contrastada a diario y muy de cerca por los propios hijos, irá despertando en éstos la fe y el sentido de Dios. La oración es un momento trascendental y especialmente significativo. Se trata de “un testimonio de vida cristiana adulta, que introduzca a los hijos en la experiencia viva de Cristo y de la Iglesia” (FC 25).

       El amor a los hijos es, a la vez contenido y medio de la educación de los mismos. Es el contenido fundamental a transmitir, pues el ser humano “no puede vivir sin el amor” (RH 10). El amor del padre y de la madre revela a sus hijos el rostro de Dios, que es Padre, pero también es Madre. Por otra parte, el amor mismo es en la educación de los hijos “la pedagogía más completa y eficaz” (FC 37). Para que el amor sea realmente eficaz en el proceso educativo en familia los hijos han de percibir que son amados por sus padres gratuita y generosamente. Juan Pablo II  decía a las familias que, si abrían las puertas de sus hogares y de sus corazones a Cristo, serían iluminadas por el amor, “pues el amor que viene de Dios enriquece y purifica el amor de los esposos y de los padres”, haciéndoles generosos para acoger el nacimiento de los hijos, asegurar su educación y para despertar la fe en ellos (3 de febrero de 1993).