DESDE
EL ALMA
Nunca podré saber si el
contenido de este artículo es real o una mera imaginación.
El principal protagonista
ya dejó de estar, físicamente, entre nosotros.
Ese día, como todos los
martes, jueves y sábados, pasé a buscarlo para compartir la mesa.
Solía estar en sentado en
una silla en la vereda y cuando no lo estaba le llamaba por su nombre y le
recordaba debía llevar “el coso” (forma de decir de una persona al tacho donde
llevará la comida para la jornada siguiente)
Grité su nombre, respondió
desde dentro y añadió algo más que no llegué a entender.
Como iba con otro de los
comensales regresé al auto y nos quedamos esperándolo. Demoraba más de lo
acostumbrado. Volví a llamarlo y, ante su continuada demora, resolví marcharme
para, luego, llevarle la comida.
Cuando regreso a su casa le
encuentro tirado debajo de una cama y pidiendo le ayude a salir de allí.
Tomando sus tobillos logro
quitarlo de ese lugar. Con la ayuda de quien me acompañaba le dejamos acostado
y prometo volver al poco rato, cosa que hago.
Al regreso me doy cuenta la
situación no era muy auspiciosa y carecía de autoridad como para tomar algunas
decisiones que, entendía, eran necesarias.
Voy a hablar con la
responsable del área social de la intendencia y le planteo el caso.
“Vamos” fue su respuesta.
Le ofrecí llevarla en el coche “Sí, vamos”
Pasó por la seccional en
busca de un policía (cosa que no fue posible) y llamó a una de sus asistentes
sociales a que esperara en el lugar donde nos dirigíamos.
Entramos a la casa y el
panorama no era muy halagüeño.
La situación solo ameritaba
la presencia médica. Cosa que llamó de inmediato.
Se inclinó en la cama para
decirle que iban a llegar los médicos.
Mientras le hablaba el
rostro de aquel hombre se transformó y se transportó a vaya saber qué lugar o
qué persona.
Comenzó a levantar su mano
ennegrecida por el frío que ya ganaba su cuerpo.
Su rostro dejó entrever una
tenue sonrisa.
Sin decir palabra alguna
apoyó su mano sobre el rostro de aquella mujer y le brindó una delicada y
tierna caricia.
Un inmenso silencio
acompañó aquel gesto.
No puedo saber lo que él
vivía en ese momento ni el caudal de lucidez que tenía.
Yo, estoy convencido, que
aquella voz femenina le acercó la presencia de su esposa cerca suyo.
Una esposa a la que añoraba
desde que, hace unos cinco años, falleció.
La caricia duró muy poco
tiempo pero el suficiente para que aquella mujer le dijese: “Gracias por la
caricia”
Fue un gesto de infinita
delicadeza en un momento donde todo decía de crudeza y austeridad.
Fue un gesto totalmente
fuera de contexto y situación.
Aquella mujer merecía aquel
gesto por su solidaridad y decisión.
Aquel hombre, silencioso y
parco, tenía capacidad de expresión y lo hizo sin decir ninguna palabra.
Fue algo que le nació desde
el alma y no tuvo reparo en hacerlo.
Estoy seguro pasará mucho
tiempo antes de que pueda olvidar ese momento.
Fue un instante donde todo
se volvió mágico en ternura y delicadeza.
Fue un instante donde
quedamos envueltos en una realidad extraña y particular.
Aquella mujer se enderezó y
su rostro manifestaba sorpresa, satisfacción y asombro.
Aquel hombre con una
caricia nacida desde el alma regalaba un algo de ternura para los que, en
silencio, le observábamos.
Padre Martin Ponce de Leon SDB