ASÍ COMENZÓ

 

Teníamos que estar para una celebración en la Catedral.

Había ido con un algo de tiempo y, para ocuparlo, decidí sentarme en un banco de la plaza a tomar unos mates.

Desde allí miraba el movimiento en el templo para saber cuando debía acercarme.

Estaba en eso cuando se me acerca un cuida coches y se sienta en el mismo banco en el que me encontraba.

Casi sin darme cuenta me encontré conversando con él.

No nos conocíamos pero los temas fueron dándose con naturalidad.

En un momento me miró y sacó de debajo de su gastada campera una botellita con vino y tomó, rápidamente, un trago.

Le manifesté que, por mí, podía tomar tranquilamente. Se sonrió y continuamos conversando.

Recuerdo habló de su estadía en la cárcel y me dio una serie de nombres de los que habían sido sus compañeros de prisión. Uno de esos nombres llamó mi atención puesto era el mismo de una persona que conocía, al igual que su familia, del barrio de Montevideo, donde había estado.

La conversación se centró en esa persona hasta que debí irme a cumplir con lo que me había convocado a aquel lugar.

En otras oportunidades iba a sentarme en algún banco de la plaza y él se acercaba a conversar.

“Así que es cura porque el otro día lo vi vestido como los otros” así me recibió en el segundo encuentro.

En uno de esos posteriores encuentros llamó a otro cuida coches. Éramos tres en animada charla entre mates de mi parte y tragos de vino de ellos.

Esos encuentros me permitieron descubrir una realidad totalmente desconocida para mí.

Me dije de la necesidad de realizar lo mismo en la otra plaza donde, también, reconocía a algún cuida coches.

Supuse que si ello significaba un descubrimiento para mí también podía serlo para los diversos integrantes de la comunidad.

El las eucaristías solía compartirles historias o anécdotas que escuchaba de ellos.

Les hablada de ellos con el asombro de quien descubre un mundo totalmente nuevo y deslumbrante.

Era un mundo donde se encontraba la pobreza y la miseria, el abandono y los sin sabores de la vida, el alcohol y la soledad.

Un día, al finalizar una eucaristía, me disponía a cerrar el portón de ingreso al templo cuando una de las participantes volvió hacia donde me encontraba.

“¿No podríamos hacer un almuerzo con tus amiguitos?”

No necesité preguntarle por quienes eran “tus amiguitos” ya que muy en claro lo tenía.

Le dije que al día siguiente lo podíamos conversar en la misa y eso hicimos.

Manifesté mi disposición a invitarles siempre y cuando nosotros compartiésemos la mesa con ellos.

Cuando salí a invitar todos aceptaron menos aquel primero que no pude encontrar por ningún lado. Me había manifestado que un primo se lo quería llevar para el campo.

Nunca más le he visto ni he sabido de él.

Muchas veces lo recuerdo puesto ha sido él quien me abrió la puerta a un mundo desconocido para mí.

En oportunidades me he dicho que nunca existió sino que fue un alguien puesto por Dios para hacerme encontrar con una realidad que, pese a los años, continúa asombrándome y desconcertándome.

 

Padre Martin Ponce de León SDB