La verdad desde el cariño

P. Fernando Pascual

19-10-2018

 

Hay situaciones que exigen decir la verdad. Para abrir los ojos a quien avanza hacia un vicio dañino. Para ayudar a reconocer el daño que uno provoca en su familia. Para sacudir una pereza que hunde poco a poco a una persona llamada a servir a los demás.

 

Pero cuesta hacerlo. ¿Qué sentirá la otra persona? De verdad, ¿servirá de algo una palabra de corrección? ¿No sería mejor mantenerse lejos de asuntos que quizá no tienen arreglo? ¿Y si esas palabras generan luego más daños que beneficios?

 

El miedo a equivocarnos paraliza. Sin embargo, la situación exige ofrecer ayudas para que alguien pueda abrir los ojos a su situación y empezar a cambiar. Entonces, ¿cómo lograrlo?

 

Hay un modo sencillo para lanzarnos a la aventura de la corrección: hacerlo desde el cariño. Porque una verdad, aunque sea dolorosa, es más aceptable si quien la dice la ofrece con un amor sincero y con un tacto lleno de respeto.

 

Desde luego, ni el mejor cariño ni la prudencia más completa son suficientes para lograr un resultado satisfactorio. Hay corazones que reaccionan con dureza ante el más mínimo signo de corrección ajena.

 

A pesar de las dificultades, cuando existan espacios para la esperanza, vale la pena un pequeño esfuerzo para ofrecer palabras que puedan servir de ayuda a quienes lo necesiten y a quienes anhelan un cambio a mejor en las relaciones familiares.

 

Esas palabras, desde el cariño, serán más eficaces si están sostenidas por una oración humilde y confiada. Quizá no se vean resultados inmediatos, pero Dios llega a donde nosotros no podemos llegar.

 

Más de una vez constataremos, con una sorpresa agradable, que quien recibe palabras llenas de verdad y consejos en vistas a su propio bien, se abre, nos mira agradecidos, y comienza un camino de conversión.

 

Un camino, no podemos olvidarlo, que también nosotros tenemos que reemprender continuamente, ayudados por otros hermanos que, con ese mismo cariño, más de una vez nos explicarán que tenemos tal o cual defecto.

 

Todos necesitamos ayuda en ese camino maravilloso hacia conversión sincera y fecunda. Una ayuda que llega cuando, desde el cariño, sabemos dar y recibir una verdad que corrige y que abre los corazones a la acción maravillosa de Dios que nos salva.