Iglesia y  posmodernidad

 

Angel Gutiérrez Sanz

 

Todo parece indicar  que la presencia de la Iglesia en el mundo se debilita y a medida que van desapareciendo las generaciones de mayores se va quedando más desasistida. Es como el árbol añoso al que se le van secando las ramas sin que haya atisbo alguno de que apuntan brotes nuevos.  No hace falta recurrir a la estadística, se percibe a simple vista. A la hora de encontrar explicación a este preocupante fenómeno no faltan razones de índole cultural, sociológico,  antropológico incluso político, que no digo yo que estén de más, lo que si dudo es que sean los únicos factores que están detrás de este fenómeno. Algo habrá tenido que ver  en todo esto la propia Iglesia, incluyendo a todos los que formamos parte de ella, tanto por lo que se ha hecho mal como por lo que se ha dejado de hacer.

 

 A la Iglesia de Cristo le fueron entregadas las llaves del Reino, no solo para ser guardiana del deposito de la fe, sino también para poder llevar a cabo la trascendental misión de atar  y desatar, según las exigencias de los tiempos y esto no siempre se ha tenido suficientemente en cuenta, como tampoco hemos sido lo suficientemente conscientes de que el dogma más importante del cristianismo es el del amor. Una mala interpretación de la prudencia ha podido llevarnos a creer  que lo mejor, para no meter la pata, es no hacer nada, refugiándonos en un inmovilismo cómodo y perezoso, que tiene mucho que ver con los pecados de omisión. Este es el gran drama  que venimos arrastrando desde hace bastante tiempo y la posmodernidad nos ofrece cuando menos, la ocasión de  una autocrítica en este sentido

 

  Dadas las actuales circunstancias, si la Iglesia quiere ser fiel al mandato de Cristo ha  de salir a evangelizar  y hacerse presente en el mundo.  Se trata de una tarea difícil y arriesgada, de esto no cabe duda alguna. Es mucho más seguro la “fuga mundi”, donde se está a salvo de toda posible contaminación, pero existen ocasiones en las que hay que recurrir a la audacia y asumir los riesgos que sean necesarios para dar satisfacción cumplida a la vocación cristiana “de estar en el mundo sin ser del mundo”.

 

 El cristianismo está lleno de dicotomías y una de ellas y no de las de menor calado, está en tratar de vivir las aspiraciones eternas en medio de unos tiempos mutables. Hoy vivimos en una cultura cambiante y plural,  con una problemática muy diferente a la de aquellas en las que se escribieron los evangelios y se compusieron esos grandes  compendios teológicos. La doctrina será la misma, pero no los ojos ni las necesidades de quienes la contemplan. Cada época y cada cultura tiene sus propios desafíos que pueden ayudar a la  explicitación de la fe. Los mensajes,  tanto del A.T. como del N.T. no respondían a un proyecto puramente teorético, sino que se insertaban en unas determinadas coordenadas existenciales, es decir trataban de dar una orientación precisa y práctica a las situaciones concretas en que se veían involucradas las comunidades de creyentes. Todo ello muy en consonancia con el hecho cierto de que la fe no se nos ha dado para teorizar sobre ella,  sino para vivirla. Algo que el hermoso libro de “ La imitación de Cristo” dejaba reflejado en este sabio consejo: más quiero yo sentir la contricción que saber su definición.

 

Ello quiere decir que la Comunidad Católica no puede continuar enredada en cuestiones puramente teóricas, sin que se vislumbre algún tipo de solución a los acuciantes problemas prácticos que se han ido acumulando sobre la mesa.  El hecho está ahí; entre doctrina y experiencia ha sido interpuesto un muro que hace imposible la  interrelación entre ambos. Se ha tenido mucho cuidado en no vincular la una a la otra. La doctrina, se dice, es una cosa y la experiencia algo muy distinto. Mientras  la doctrina ha preocupado de forma obsesiva, la experiencia ha quedado relegada al olvido.  Actitud ésta que no se corresponde con lo que sucede con el relato bíblico, orientado a dar respuesta desde la fe a situaciones prácticas que iban surgiendo. Nada tan elocuente como el silencio de María, que supo encarnar en lo cotidiano aquello en lo que creía; nada tan edificante como la ejemplaridad de Cristo, de los santos y de los mártires.  La posmodernidad,  aún  con todos sus prejuicios,  puede ser  motivo para llegar a entender  que la religiosidad  no  es  solo obligatoriedad, normas y deberes, sino sobre todo una aspiración, un sentimiento, que difícilmente puede desligarse de la experiencia personal. Lo que pasa de puertas adentro solo Dios lo sabe. Cada hombre es una pregunta abierta para sí mismo, de difícil acceso para las teologías, en cambio puede hacerse comprensible a través de la experiencia personal apoyada en la fe. 

 

Mardones tiene razón cuando dice que “la fe  se mide más por la ortopraxis que por la ortodoxia, por la recta práctica y vivencia de la fe que por su adecuada expresión”. Después de todo hemos de ser conscientes de que nuestro conocimiento sobre Dios, aún dentro de la más pura ortodoxia, siempre resulta ser un conocimiento inadecuado, que se encuentra a mil años luz de la realidad que  se intenta expresar, en cambio cuando amamos a Dios le amamos tal cual Él es. En última instancia la doctrina evangélica se nos dio para ser vivida y su verdad  se hace patente por las obras, tal como dice Santiago en su epístola  (2; 14 -26 )  A veces da la impresión que la secta gnóstica, con su dogmatismo presuntuoso, ha vuelto y se ha instalado entre nosotros. Lo  cierto  es que  el misterio cristiano nos rebasa y siempre nos quedamos a las puertas. A lo más que podemos aspirar es a traducir torpemente la palabra de Dios y con ella abrirnos al signo de los nuevos tiempos que tiene su expresión puntual en la acogida al hermano necesitado

 

La posmodernidad está exigiendo a la Iglesia poner los relojes en hora. No me estoy inventando nada, esto ya lo anunció muy claramente San Juan Pablo II a los obispos en Lazio cuando les dijo “ A una nueva paganización hay que responder con una nueva evangelización. Sería ingenuo pensar que con métodos del pasado se van a resolver los problemas que llevan la marca de los tiempos presentes. La evangelización ha de ser nueva porque las antiguas corazas con las que  había sido blindado el cristianismo sirvieron para unas determinadas épocas, pero ahora están seriamente cuestionadas.  La posmodernidad nos ha colocado frente a una  situación singular que no podemos ignorar. La teología ha dejado de ser la reina  del humano saber, la metafísica ha caído en descrédito y la diosa razón  es tomada ahora como una vieja embustera, incluso las consideradas hasta ahora ciencias exactas tan solo se conforman con verdades provisionales.  En este escenario ya no cabe la retórica, ni discursos totalizadores, tan solo queda la experiencia y la interiorización como vías de acceso a la religiosidad, en un mundo que cada vez se va apartando más de la religión institucionalizada porque el individualismo y la desvinculación han llegado a ser santo y seña de la era presente. Tarea difícil va a ser trasladar a los hijos de la  Posmodernidad creencias firmes, arraigadas en principios irrenunciables, pero como bien decía Maurice Blondel: “Siempre hay en el cristianismo virtualidades latentes, las cuales cada época descubre en proporción a sus necesidades.” A la Iglesia se le brinda la posibilidad de dar respuesta a las preguntas y necesidades de nuestro mundo, todo va a depender de que acierte con la tecla adecuada y ojalá que lo haga antes de que sea demasiado tarde

 

Los más pesimistas pensarán que la cultura de la posmodernidad está dejada de la mano de Dios y lo mejor que podemos hacer es alejarnos de ella  como de un apestado, pero hay motivos para creer que no todo está perdido. Desde la cultura posmoderna  cabe una reinterpretación del cristianismo  y ello no deja de ser un signo esperanzador. Al tiempo que se desvanecen las religiones tradicionales, irrumpen con fuerza movimentos y sectas religiosas, todo lo salvaje que se quiera, pero  este hecho viene a demostrar que la religiosidad inherente en el espíritu del hombre sigue ahí vivo y  aún sin ser cristiano nadie puede asegurar que no pueda llegar a serlo. El ejemplo lo tenemos en  el propio Vattimo, que desde su experiencia personal vivida a través de la posmodernidad, sintió la necesidad de volver al cristianismo que en un momento de su vida había abandonado. Creer en la doctrina de Cristo ha vuelto a tener sentido para él y es retomada sin mediación eclesial, para ser puesta en consonancia con el espíritu de la época. Partiendo de la caridad, eje central del cristianismo, espera Vattimo la mejora de  Sociedad Europea. Partiendo del rebajamiento que supone la Encarnacion de todo un Dios, trata de establecer un nexo con la cultura actual devaluada. La debilidad habría de ser el lugar de encuentros entre el Dios kenósico humillado y la cultura posmoderna desfondada. Es así como la personal experiencia del mundo actual le habría servido para armonizar su pensamiento  posmoderrno con el relato cristiano.

 

La interconexión del cristianismo con algunas de la expresiones religiosas actuales, como puede ser la “New Age”, más que posiblidad es ya un hecho constatado y constatable. Basta con darse una vuelta por librerías católicas y observar cómo la proliferación de libros de la “New Age” van a parar en buena parte a  manos de sacerdotes, catequistas y monjas, más aún hay retiros espirituales en los que se utilizan algunos de estos materiales. El mismo Papa Francisco, con cierto desenfado, daba a conocer el caso de una superiora religiosa que más que a orar animaba a las hermanas a darse un baño espiritual en el cosmos.

 

Según opinión de los expertos en estos temas, lo que sucede es que estamos asistiendo a un cambio de expresión religiosa.“Avanzamos, según palabras de Mardones, hacia una religión, donde el protagonista es el individuo y no la institución”. Nos podrá gustar más o menos o incluso no nos pude gustar nada la situación religiosa  actual, pero la realidad es la que es y si queremos  influir  en ella  no nos queda otro remedio que admitir el pluralismo que tenemos delante el cual, correctamente interpretado, nos lleva a decir con Tillard, que “lo que desaparece no es el cristianismo sino la forma de ser cristiano”. No hay duda de que en los tiempos que corren caracterizados por el individualismo y la desvinculación, algunos cristianos han decidido vivir un cristianismo a la carta, mientras otros lo que pretenden es acercarse a un cristianismo más interiorizado y menos institucionalizado, seguramente porque piensan que ni Dios, ni Jesucristo son patrimonio exclusivo de nadie. Si hiciéramos un recuento de los católicos que van por libres, de  esos que dicen “ser pero sin pertenecer” posiblemente nos encontraríamos  con que su número se aproximaría al resto. Ante este hecho la pregunta obligada es: ¿Por que una inmensa mayoría de católicos no se sienten cómodos dentro de la Iglesia institucionalizada?

 

No es cuestión de entrar en detalles en este asunto, pero existen colectivos,  como  por ejemplo el de las mujeres, que están pidiendo unas reivindicaciones justas, que son entendidas, pero no atendidas. Si algo es  considerado como factible y además  es visto como  conveniente y justo, lo razonable sería pasar a la acción y dar satisfacción  a este colectivo femenino, lo cual por otra parte no deja de ser también una exigencia social, que de cumplirse contribuiría de forma determinante a facilitar el diálogo con la cultura actual, tan sensible a cuestiones como ésta. Los desafíos de la hora presente están ahí a la espera de una voluntad decidida para afrontarlos. Esta es la era que nos ha tocado vivir, a la que hemos de querer porque es la nuestra y a la que estamos obligados a dar una respuesta