HUELLAS DE DIOS

 

Toda la creación no es otra cosa que la huella de la acción de Dios.

Dios siempre nos deja su huella.

Miremos en la dirección que miremos siempre nos habremos de encontrar con las huellas de Dios.

Podemos, desde la ciencia y los avances tecnológicos, comprender las huellas de Dios pero ello, llegado a un determinado punto, no hace otra cosa que confirmarnos que las huellas de Dios están cargadas de gratuidad.

Científicamente podrá llegarse a las razones para el determinado color de una flor pero.......... tamaño, textura, aroma y presencia no son otra cosa que huellas de Dios.

Científicamente se podrá llegar a conocer el funcionamiento y la composición de cada uno de nuestros órganos pero que ellos, en nosotros, funcionen como funcionan no es otra cosa que huella de Dios.

Cada uno de nosotros podemos amar a quienes amamos y no podemos pretender racionalizar nuestros afectos y ello no es otra cosa que huella de Dios.

Así podríamos continuar mirando en todas las direcciones para descubrir las huellas de Dios que nos rodean.

Quizás mucho nos hemos acostumbrado a esas presencias y dejamos de verlas como huellas de Dios para verlas como naturales presencias en nuestra realidad.

Sin proponérnoslo nos hemos acostumbrado a las huellas de Dios.

Hemos perdido o disminuido la capacidad de asombrarnos ante la presencia de Dios en nuestras vidas.

¿Cuánto nos asombra el don de la vida que, diariamente, Dios nos regala?

Pero cuando Dios quiso impactarnos realmente con una huella deslumbrante e ineludible ha sido con la encarnación de su Hijo.

Es, entonces, que necesario se nos hace mirar lo esencial de la actividad del Hijo para seguir sus huellas.

Es, en Cristo, donde encontramos las huellas de Dios que nos aseguran un camino fiel.

Es por ello que Él se nos presenta como “el camino”.

No es, su camino, una utopía sino una propuesta de distintas pautas para que lo busquemos y, por sobre todas las cosas, hagamos de nuestra vida una respuesta cada vez más fiel.

No pretendan encontrar, aquí, una propuesta agotada, sistematizada y jerarquizada. Son, simplemente, algunas pautas que pueden ayudar a buscar, en Cristo, la gran huella de Dios.

En primer lugar cabe establecer que al mirar a Cristo no podemos quedarnos en una definición del “Reino” puesto que, según los relatos evangélicos, al hablar del Reino siempre comienza con un “se parece a.........”.

En segundo lugar y teniendo en cuenta lo anterior es que hay que buscar el significado del “Reino” en la predicación de Jesús ya que es desde allí donde encontramos la razón de ser del Hijo hecho hombre.

La palabra “Reino” tiene un sentido dinámico: es la soberanía de Dios ejerciéndose  “en acto”, es la acción de Dios para establecer o modificar un orden de cosas.

Quizás se podría decir, como dicen muchos estudiosos del tema, que la traducción más acertada no sería “Reino” sino “Reinado de Dios”.

El Reino de Dios, predicado por Jesús, es el actuar de Dios para que se haga realidad el ideal regio de justicia.

Pero no una justicia de igualdad para todos sino una concepción de justicia que dice de defender al que por sí mismo no puede defenderse.

Solamente, a modo de enunciado, les invito a mirar algunas palabras íntimamente relacionadas y unidas a esta concepción del Reino.

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Me limitaré a algunos títulos para que ustedes puedan profundizar los mismos en un compartir que, no lo dudo, habrá de ser muy enriquecedor.

Es el centro de la predicación de Jesús.

Jesús vive para la “causa” del Reino.

El reino de Dios se hace presente en Jesús.

El Reino de Dios es plenitud de vida.

El Reino de Dios es la gran huella hecha expresión suprema en Cristo.

 

Padre Martin Ponce de Leon SDB