TESTIMONIO
En
reiteradas oportunidades, los relatos evangélicos, nos hablan de Jesús que se
presenta como testigo.
Toda
su acción no tiene otro sentido que acercarnos a Dios para que, mediante Él, lo
conozcamos y lo hagamos vida.
Hay
un autor que sostiene que nosotros, los cristianos, somos más testigos de la
Iglesia que de la persona de Jesús.
Si
esto es así, creo que con mucha frecuencia sucede, estamos necesitados de
importantes cambios para poder cumplir con la propuesta de Jesús.
Dios
se hizo hombre para que pudiésemos visualizarle, asumirle y hacerlo estilo de
vida.
Es
muy fácil, cuando Dios es “una abstracción” correr el riesgo de acomodarle a
nuestros intereses particulares. Para que esto no aconteciese se hizo hombre y
pudiésemos descubrir su realidad desde la persona de Jesús.
Nosotros
no somos Dios pero Él es tan cercano que asume todo lo nuestro y desde allí nos
ofrece instrumentos para vivirle que es vivir como Él lo desea.
Recuperar
la mirada de Jesús es ir, progresivamente, incorporando a nuestro estilo de
vida prioridades, actitudes y comportamientos que hacen y dicen a la esencia de
la vida de Jesús.
No
estamos llamados a convertirnos a Jesús sino a convertirnos en Jesús para los
demás.
Lograr
tal cosa es vivir en constante sintonía con el Padre Dios.
Es
vivir para ser sus testigos desde el ser signos de contradicción con la
realidad que nos rodea y de la que no podemos estar al margen.
Todo
lo que hace a la Iglesia no debería ser otra cosa que instrumentos que nos
ayuden a vivir, como pueblo de Dios, la propuesta de Jesús.
Desde
sus luces y sombras la Iglesia no es fin en sí misma sino instrumento de la
vivencia de Jesús.
La
propuesta de Jesús pasa por la dignificación de nuestro ser personas en
relación con los demás.
Jesús
no nos quiere alienados sino dignificados como personas y realizando lo mismo
con los demás.
Sería
muy fácil vivir un cristianismo de normas y ritos pero estaríamos muy lejos de
estar siendo fieles a lo de Jesús.
Lo
de Jesús pasa por un Padre cercano e íntimo que nos conoce, comprende, respeta
y ama desde nuestra realidad.
No
nos ama por nuestra potencialidad sino por nuestra realidad y desea actuemos
con los demás de igual manera.
Jesús
nos muestra a un Padre que siempre nos está esperando con los brazos abiertos
para abrazarnos y colmarnos de besos plenos de su misericordia.
No
es un Dios que nos enrostra nuestras equivocaciones sino alguien que nos
perdona y nos brinda nuevas oportunidades.
No
es un Dios que se enoja, ofende o aleja de nosotros. Siempre está junto a
nosotros para que contemos con Él permanentemente.
Jesús,
que tenía los pies sobre la tierra, sabe de nuestras debilidades y por ello nos
ha dejado instrumentos que nos ayuden a superar nuestras debilidades e intentar
vivirle con fidelidad.
Nada
de nuestro actuar hace que Dios se aparte de nosotros sino que todo se nos
vuelve una constante toma de conciencia de que le necesitamos y Él está
disponible para quien lo desee.
Dios
se ofrece e insinúa para que, desde nuestra libertad y conciencia, le aceptemos
e intentemos responder con fidelidad.
Jesús
es testigo elocuente del actuar de Dios.
Jesús
es el único instrumento que nos conduce a Dios.
No
podemos llegar a Dios sin pasar por Jesús y para ello debemos buscarlo y hacer
nosotros.
Padre Martin Ponce de Lean. SDB