RECUERDO
No
sé debido a qué se llegaron hasta mí los recuerdos de aquel campamento.
Hace
muchos años del mismo pero irrumpieron en mí como si hubiese sido hace muy poco
tiempo.
Después
de varios días de instalados junto a la laguna teníamos nuestras rutinas.
Muchas
horas de pesca, algunos ratos de baños y diversas excursiones por el monte.
Ese
día comenzó con lluvia y así continuó durante toda la jornada.
Los
chicos, parecía, se empeñaban en entrar y salir de la carpa con la entrada de
barro suficiente como para ensuciar todo el piso de la misma.
Los
que salieron de caza volvieron empapados y con unos muy pocos pájaros cazados.
Siempre
sucedía lo mismo y no faltaban los cuentos de los ruidos realizados por los
cazadores que impedían una mejor caza.
“Lo
tenía de pechito y (decían algún nombre) lo hizo volar porque se puso a gritar”
Era
la excusa perfecta para justificar una muy magra cacería.
Una
de las primeras actividades en cada campamento era la recolección de leña y la
misma estaba bien protegida. Estaba húmeda pero no mojada.
En
horas del anochecer nos fueron a buscar. La lluvia continuaba y todo hacía
presagiar seguiría toda lo noche.
Nos
ofrecían trasladarnos al casco de la estancia donde estábamos para pasar la
noche sin mojarnos y hacia allí nos fuimos.
Cada
uno llevaba su mochila con ropa. Todo lo demás quedó en el campamento.
Nos
regalaron la cena y luego de devorar la misma nos retiramos a dormir.
Una
galería nos acogió con su piso seco y allí nos instalamos.
Algunos
se durmieron inmediatamente y otros prolongaron la llegada del sueño con
algunos cuentos.
Poco
a poco las voces se iban apagando y un inmenso silencio se iba adueñando de la
galería.
Todo
era oscuridad y silencio.
Las
luces de la casa se fueron apagando progresivamente y solamente quedaba una que
permitía ver a la dueña de la casa dando vueltas y ordenando.
Con
esa imagen me dormí hasta que las primeras luces del día me despertaron.
Poco
a poco se fueron despertando todos, desayunamos allí y nos volvieron a llevar a
nuestro campamento junto a la laguna.
Ha
pasado mucho tiempo y aún perdura en mí la gratitud por esas instancias que se
nos permitían vivir.
Era
una excelente oportunidad para fortalecer vínculos.
Allí,
en plena naturaleza, nos despojábamos de todo para ser nosotros mismos.
Estaban
los audaces que no dudaban en arriesgarse a la noche y el campo solitario.
Estaban
los timoratos que no se alejaban de la luz del fuego en las horas de la noche.
Imposible
olvidar aquellos interminables juegos al “Veo- veo”
Recuerdo
a aquel que nos propuso algo que empieza con “B” y termina con “E”. Ya no
quedaba nada por nombrar pero, igualmente, nos resistíamos a sus insistentes
“¿Se dan por vencidos?” Hacer tal cosa era conceder un triunfo que nadie estaba
dispuesto a otorgar pero imposible
acertar con su propuesta. Luego de muchísimos intentos y de varios “Me doy por
vencido” nos dijo que era: Bidón de la leche.
Eran días agotadores puesto comenzaban muy
temprano y concluían ya muy entrada la noche. No faltaban las salidas nocturnas
donde, tirados en el campo, buscábamos diversas estrellas en un cielo cargado
de ellas.
Han
pasado muchos años. Tantos que mejor no recordar los muchos que han sido.
Supongo
hoy que tal vez aquellos hombres de hoy y niños de ayer, tal vez, aún recuerden
dichos momentos.
Cinco
o seis días donde nos apartábamos de todo para vivir una experiencia
inolvidable.
Cinco
o seis días que se esperaban con inquietud, se vivían con plenitud y se
recordaban con frecuencia.
Han
pasado muchos años y la lluvia de hoy me trajo a la memoria uno de aquellos
campamentos con sus momentos que se han quedado en mi gratitud.
Padre Martin Ponce de Leon SDB