JORNADA DE PESCA
Los ojos expertos de los pescadores escrutan
la superficie de las aguas.
Un
movimiento, algún reflejo, cualquiera de ambas cosas puede ser indicio de la
presencia de unos peces que buscan sin encontrar.
Conocen
aquel lugar casi como la palma de la mano pero saben de los misterios de aquel
espejo de agua y de las variables costumbres de los peces.
Los
hombres se mueven ansiosos dentro de la barca. Para sus intereses, aquella
jornada viene resultando adversa.
La
barca se mece sobre las aguas y pequeñas olas golpetean sobre sus lados en un
interminable recordatorio de un tiempo que transcurre sin el arribo, esperado,
de los peces.
Junto
con las primeras luces del día y desde las brumas que levanta cada amanecer,
desde la orilla, un hombre pregunta por peces.
Quizás
se puede ver, en aquel pedido, una forma de aumentarles su angustia para que,
luego, su alegría fuese mayor.
Quizás
se puede ver, en aquel pedido, una forma de acrecentarles el deseo de continuar
buscando sin darse por vencidos.
La
respuesta es una negativa que tiene el cansancio de una noche de labor
infructuosa, una negativa que posee la vergüenza del reconocimiento de una
tarea donde el profesionalismo ha sido estéril.
“Echen
la red a la derecha de la barca”.
Ellos
eran los pescadores. Ellos eran los profesionales. Ellos eran los que sabían
vivir del producto de sus pescas.
Ellos
quienes están embarcados. Ellos son los que poseen las artes de pesca. Ellos
son los que están sudorosos y mojados de puro esfuerzo.
¿Quién
puede ser el audaz que osa darle indicaciones a los que saben?
¿Quién
puede estarles diciendo que junto a ellos está esa respuesta que buscan y no
ven?
¿Quién
puede ser el hombre de la orilla que pretende modificar la jornada de pesca?
Ya
lo han intentado, infructuosamente, casi toda la noche. Una vez más no puede
incomodar a nadie y le hacen caso al hombre de la orilla.
Vuela
la red desparramando cientos de gotitas que se hacen círculos invisibles en su
contacto con el agua porque esta última ha sido agitada, sacudida y erizada con
la caída de la red en busca de unos peces que han resultado esquivos.
La
historia continúa y, más o menos, todos conocemos el relato evangélico que yo
me limito a acompañar hasta este momento.
Acompaño
hasta aquí puesto que pretendo limitarme a compartir algunas conclusiones
extraíbles.
Nunca
debemos darnos por vencidos. Siempre debemos agotar las posibilidades.
La
respuesta a nuestras búsquedas siempre está más cerca de lo que pensamos pero
sucede que, muchas veces, no buscamos en los lugares correctos.
En
oportunidades debemos estar atentos a la luz que nos puede brindar alguien por
más que no ofrezca la seguridad que nos ofrece nuestra experiencia.
Somos
nosotros quienes habremos de asumir la responsabilidad última de nuestras
determinaciones. Nadie puede quitarnos el poder de decidir nuestras acciones y
en nadie, salvo en nosotros, podemos hacer recaer la responsabilidad de
nuestros actos.
Por
más infructuosa que pueda resultarnos una tarea, jamás podemos cesar en nuestro
empeño ya que no todo ha de responder a las exigencias de nuestros deseos o de
nuestros tiempos.
Sería
muy bueno que siempre nos hagamos un tiempo, en el vértigo y fragor de nuestra
tarea cotidiana, para escuchar al hombre de la orilla.
Él
siempre está allí disponible para ayudarnos a que nuestra jornada resulte
fructuosa.
No
lo hará por nosotros sino que se limitará a sugerirnos lo mejor para que
haciéndole caso lo hecho nos resulte fructífero.
Padre Martin Ponce de León, SDB