ME DEJÓ MAL

 

Al concluir una reunión se me acercó y me dijo la frase que sirve de título para este artículo.

Como le miraba con cara de extrañeza volvió a reiterar su comentario.

Me había limitado a relatar un trozo de la historia de vida de una persona y no podía entender su comentario.

Suponía que venía a consecuencia de mi relato pero no podía intuir la razón de su comentario.

Le dije que a mí me dejaba mal el hecho de que nuestro cristianismo se limitase a ritos y celebraciones.

“Me dejó mal porque es algo de la realidad que no se ve”

“No se ve porque no se mira. Solamente hay que mirar un poco a nuestro lado y esas historias se ven”

“No son cosas que se vean” me volvió a insistir.

“¿Cómo es posible, entonces, que yo pueda verlas? Solamente es necesario mirar a nuestro lado y se ven otras historias como ésta”

No me considero un tipo especial sino que, gracias a Dios, nos hemos involucrado con un estilo de vida cristiano que no es ni mejor ni peor que el de cualquier otra persona que se proclame, también, cristiano.

Es asumir que el cristianismo no puede ser una opción que aparte de la realidad y la necesidad de un compromiso vital para revertir a la misma.

La realidad, muchas veces, nos hace perder de vista el hecho de que no estamos solos.

Los demás no están para escucharnos sino para ser escuchados que es la única forma primera de manifestar nuestra cercanía para con ellos.

Muchas cosas, parecería, se empeñan en mostrarnos que no vale la pena gastar tiempo escuchando a los demás cuando se podría ganar mucho si nos escuchan.

Así hemos llegado a un estilo de vida cargado de un individualismo que nos hace pensar somos el centro de la historia.

La historia, para funcionar correctamente, debe tener un único centro pero hoy vivimos con tantos centros como individuos existen y así nos vamos apartando de realidades como el amor, el bien común, la solidaridad, la dignidad humana y la fraternidad.

Si cada uno deja de ponerse como centro de la historia está dando pasos para que la dignidad de la fraternidad humana sea mayor realidad.

Ver a nuestro rededor es encontrarnos con historias de vida que, muchas veces, nos hacen perder la comodidad en la que nos hemos refugiado.

Cuando miramos a nuestro rededor con ojos de cristiana solidaridad jamás podemos quedar indiferentes por ello es que, muchas veces, no lo hacemos.

Es preferible vivir un “cristianismo” que mira hacia arriba y nos hace golpear el pecho con firmeza que intentar vivir el cristianismo que nos propone Jesús desde los relatos evangélicos.

Allí nos encontramos con un Jesús que siempre está saliendo al encuentro de quien necesite volver a recuperar su dignidad de persona.

Allí nos encontramos con un Jesús que no condena sino que libera e integra.

El Jesús de los relatos evangélicos es un alguien que transmite a un Dios Padre misericordioso por sobre todas las cosas y que se vive en fraternidad.

El Dios de Jesús no se encierra en sí mismo sino que siempre está mirando a se rededor para compartir esa buena noticia de su cercanía y su amor.

Poder ver la realidad no es un privilegio sino una normal manifestación de la propuesta que Jesús nos realiza para que lo vivamos.

Allí descubrimos que nuestros privilegios son notables puesto que los mismos no responden a nuestros merecimientos sino que los superan con abundancia.

Allí podemos descubrir que siempre se está recibiendo mucho más de lo que se puede brindar.

Solamente hay que vivir con los ojos abiertos y sin temor a encontrarnos con realidades que nos involucran y no nos dejan cómodos.

 

Padre Martín Ponce de Leon SDB