BETANIA

 

En las cercanías de Jerusalén se encontraba la pequeña población de Betania.

Los relatos evangélicos la mencionan en diversas oportunidades y bajo muy diversas circunstancias.

Todo hace suponer que para Jesús era mucho más que un simple lugar. Allí tenía su casa María, Marta y Lázaro.

Ellos eran los amigos de Jesús que le ofrecían, en su casa, un lugar para la amistad y el alto en el camino.

Debe, Jesús, haber acudido allí en muchas oportunidades puesto que, sin lugar a dudas, Jesús era un cultor de la amistad.

Todo en aquella casa, era para Jesús, un espacio de encuentro con la amistad.

Podía encontrar, en aquella casa, tres personas muy diversas pero las tres vivían el disfrute de poder recibir al amigo que, cansado de los caminos, se llegaba hasta ellos en busca de un trozo de paz y de cercanía humana.

Entre las paredes de aquella casa podía encontrar, y lo lograba, esa comodidad que solamente la amistad es capaz de brindar.

Todos y cada uno de los lugares de aquella casa ayudaban a que se desarrollara un cálido clima donde la amistad se hacía presencia.

Aquellas dos mujeres se encargaban de hacer florecer los pequeños detalles que hablaban de su particular afecto por el amigo que buscaba allí un refugio y un espacio para la conversación confiada.

Aquel hombre, con su amistad, no permitía algo faltase para que Él siempre encontrase las puertas abiertas en una auténtica bienvenida.

Betania era el oasis de la amistad donde Jesús se cobijaba haciendo un alto en sus prolongados caminos.

Allí no había exigencias ni obligaciones. Era el lugar para las anécdotas y las confidencias. Era el lugar para los recuerdos y las vivencias.

Allí siempre encontraba la mirada atenta de aquella amiga que se deslumbraba en sonrisas bebiendo todas y cada una de las voces de Jesús. Llenaba su corazón con sus palabras y las iba saboreando poco a poco durante los intervalos de cada visita.

Saboreaba las historias relatadas por su amigo con los ojos bien grandes, el corazón abierto y  la piel de su rostro pintada de felicidad.

Disfrutaba en silencio el abrazo cálido con que Jesús le saludaba cada vez que llegaba y prolongaba aquella calidez por tiempo en su ser.

Allí siempre encontraba la actividad incesante de aquella amiga que se desvivía para que todo estuviese de la mejor manera para que al visitante no le faltase nada que pudiese impedirle disfrutar a pleno su breve estadía.

Allí Jesús no era ni el maestro ni el prodigioso predicador. Era el amigo que se sabía aceptado y bienvenido y disfrutaba de ambas cosas con plenitud.

Cuando ponía fin a la visita se retiraba con el corazón y el físico renovado en fuerzas porque empapado de amistad.

Cuando se retiraba dejaba el perfume de su presencia en todos los rincones de aquella casa que se veía privilegiada de amistad y presencia transformadora.

Jesús quiere abandonar su experiencia de transitar los caminos de su pueblo en las cercanías de Betania para mostrar que la continuación de su vida debía hacerse con el espíritu de aquella localidad en sus entrañas.

Sin amistad entre sus integrantes resulta muy difícil poder prolongar a Jesús en el tiempo.

La comunidad que propone necesita de la amistad para ser fraternidad prolongada.

La comunidad que propone necesita de seres que le reciban con aceptación y el corazón desbordado de amistad.

Betania es una experiencia que vive y desea sea prolongada en sus comunidades fraternas.

Allí no importa el número ni los ritos a seguir. Importa la capacidad de tener un corazón abierto para recibir al amigo que llega en busca de aceptación, confianza y franca aceptación.

Betania es todo un estilo de vida que Jesús nos propone.

 

Padre Martin Ponce de Leon. SDB