Tener amigos

Autor: Padre Fernando Pascual, L.C.

Fuente: catholic.net (con permiso del autor)

 

 

Otra vez suena el porttil. Quin ser? Veo el nmero, el nombre. Una sonrisa aparece en mis labios: un amigo!  

Muchas veces quisiramos tener un buen amigo: alguien que piense en nosotros, que est a nuestro lado, que comparta los propios sueos y aventuras, al que podamos ayudar y que sea el primero en darnos una mano.  

La amistad implica siempre, como mnimo, a dos personas: no hay amigos si solamente es uno el que ama a otro. La amistad exige, por lo tanto, correspondencia: dos para los buenos y malos momentos, dos que caminan juntos, dos dispuestos a dar y recibir, dos que saben ayudar y acoger la mano que viene a levantar al cado.  

La amistad empieza precisamente all donde el trato descubre que el otro vale, que es un “tesoro”, que merece todo mi amor, mi tiempo, mis cansancios, mis consejos. Porque su vida es maravillosa, porque “estoy hecho” para amar, porque no puedo vivir solo, porque l tambin necesita de mis manos y de mis sueos.  

La Biblia canta la belleza del amigo. Especialmente en el libro del Sircide, donde podemos leer estos versos:  

“Si te echas un amigo, chatelo probado,

y no tengas prisa en confiarte a l.

Porque hay amigo que lo es de ocasin,

y no persevera en el da de tu angustia.

Hay amigo que se vuelve enemigo,

y descubrir la disputa que te ocasiona oprobio.

Hay amigo que comparte tu mesa,

y no persevera en el da de tu angustia.

Cuando te vaya bien, ser como otro t,

y con tus servidores hablar francamente;

mas si ests humillado, estar contra ti,

y se hurtar de tu presencia.

De tus enemigos aprtate,

y de tus amigos no te fes.

El amigo fiel es seguro refugio,

el que lo encuentra, ha encontrado un tesoro.

El amigo fiel no tiene precio,

no hay peso que mida su valor.

El amigo fiel es remedio de vida,

los que temen al Seor lo encontrarn.

El que teme al Seor endereza su amistad,

pues como l es, ser su compaero” (Sircide 6,7-17).

 

Es especialmente conmovedor el relato de la amistad entre Jonatn y David. El primero, hijo de Sal, vence la rabia de su padre, est dispuesto a perder el trono con tal de darse al amigo. El segundo, un hombre de campo, abre su corazn al amigo, con la certeza de que no ser traicionado (cf. 1Sam 18,1-20,42).

El modelo ms perfecto del verdadero amigo es Cristo. Para l, el Seor, no somos siervos, sino amigos: por eso nos ensea todo lo que ha escuchado del Padre. No busca slo caminar entre los hombres, sino que muestra su amor hasta dar la vida por nosotros, para salvarnos, para el perdn de los pecados. Por eso puede pedirnos que le amemos, que vivamos segn su doctrina y sus mandatos (cf. Jn 15,9-17). Jess nos permite descubrir que, realmente, Dios es amigo de los hombres (cf. Sab 7,23 y Catecismo de la Iglesia catlica nn. 1371 y 2665), que busca nuestro bien y desea nuestra correspondencia, nuestra entrega de amor.  

Tener amigos es un modo profundo y rico para desarrollar y vivir la virtud de la castidad. As lo explica el Catecismo de la Iglesia catlica (n. 2347):  

“La virtud de la castidad se desarrolla en la amistad. Indica al discpulo cmo seguir e imitar al que nos eligi como sus amigos (cf. Jn 15,15), a quien se dio totalmente a nosotros y nos hace participar de su condicin divina. La castidad es promesa de inmortalidad. La castidad se expresa especialmente en la amistad con el prjimo. Desarrollada entre personas del mismo sexo o de sexos distintos, la amistad representa un gran bien para todos. Conduce a la comunin espiritual”.  

Tener amigos. Hoy puede ser un momento para recordar tantos rostros, tantas sonrisas, tanto afecto recibido. Hoy, sobre todo, puede ser un da dedicado a no pensar en si soy querido, en si me han llamado ms o menos amigos al mvil.  

Esta vez me toca a m buscar, llamar, ofrecer, esperar. Tomar el telfono, coger las llaves de casa, saldr a ver a ese amigo, tal vez pobre o enfermo, deseoso de mi mirada, de mi sonrisa, de mi esperanza, de mi amor (que es caridad cristiana) sincero y pleno. A ese amigo que lo merece todo, porque tambin Cristo lo ha amado, y porque el mismo Cristo desea que mi amor, pequeo y pobre, se una al Suyo, capaz de redimir y de otorgar el gran don de la paz y la alegra.