La mentira: un mal para todos

Autor: Padre Fernando Pascual, L.C.

Fuente: Fuente: catholic.net (con permiso del autor)

 

 

La sociedad existe slo cuando esta edificada sobre principios irrenunciables. Uno de ellos es el de la confianza mutua. 

Vivimos con otros, en casa o en la calle, en el trabajo o en el autobs, en un parque o en un equipo de deporte, porque existe entre nosotros confianza mutua. Porque pensamos que hay respeto, honestidad, acogida. Porque creemos que el familiar o el amigo no nos engaan, son sinceros. 

Pero la confianza y toda la vida social quedan gravemente heridas por culpa de la mentira. Porque la mentira implica engao, traicin, injusticia. Porque la mentira nace cuando uno quiere “usar” la buena fe de otros para satisfacer un pequeo gusto egosta o para alcanzar una enorme “ganancia” a costa de los dems. 

En el Catecismo de la Iglesia Catlica (n. 2482) es recogida la famosa definicin de san Agustn sobre la mentira: “La mentira consiste en decir falsedad con intencin de engaar” (san Agustn, De mendacio 4, 5). 

Un poco ms adelante, el Catecismo (n. 2484) explica que la mentira puede ser pecado venial o pecado mortal; es pecado mortal cuando a travs de la mentira se daan gravemente las virtudes de la caridad y de la justicia. 

Adems, el Catecismo explica que la mentira perjudica enormemente a la sociedad, precisamente por daar la confianza entre los hombres: “La mentira, por ser una violacin de la virtud de la veracidad, es una verdadera violencia hecha a los dems. Atenta contra ellos en su capacidad de conocer, que es la condicin de todo juicio y de toda decisin. Contiene en germen la divisin de los espritus y todos los males que sta suscita. La mentira es funesta para toda sociedad: socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las relaciones sociales” (n. 2486). 

Estamos de acuerdo: la mentira provoca daos enormes, hiere profundamente la confianza entre los hombres. Pero... cmo vencerla? Cmo eliminar esa tentacin continua que nos lleva a engaar, a manipular las palabras para conseguir una “victoria” (ms dinero, un ascenso laboral), para desahogar la sed de venganza, para herir por la espalda a nuestro prjimo? 

Hay que mirar dentro, en el corazn, para descubrir cul es la raz de la mentira: el amor desordenado a uno mismo que lleva al desprecio de Dios y del hermano. La mentira inicia en el interior, en la ambicin corrosiva, en el rencor siempre encendido, en la envidia, en la sed de venganza. Otras veces, la mentira nace desde un falso sentido de conservacin: para ocultar un pecado, para evitar un castigo, para no desdibujar la buena imagen que otros tengan de nosotros. 

Al mentir, en definitiva, decimos s al egosmo y no al amor. Es decir, nos hacemos un dao inmensamente ms grande que el pequeo (pequesimo, porque siempre es miserable) beneficio que uno pueda conseguir con la mentira. 

Queda, adems, el otro aspecto de la mentira: el dao que otros reciben. Cuando un esposo se siente engaado, cuando un padre ve cmo el hijo aumenta cada da la dosis de mentiras, cuando un compaero de trabajo nota que la confianza depositada en el “amigo” se ha esfumado como bruma ante el sol... nace en los corazones una pena profunda: alguien que creamos bueno nos ha engaado, nos ha mentido, nos ha traicionado. 

Frente a ese dao, hay que reaccionar. El mentiroso necesita ponerse ante Dios, de rodillas, humildemente, para reconocer con plena sinceridad el pecado cometido. Luego, pedir fuerzas, y reparar: suplicar perdn a Dios y a quienes ha engaado, promover el bien del prjimo herido, incluso se comprometer para no permitir que nadie, en su presencia, promueva mentiras, injurias o calumnias contra otras personas. 

La vctima tambin necesita reaccionar. Ante quien nos ha mentido una, dos, cien veces, surge un sentimiento casi instintivo de autoproteccin, en ocasiones incluso de rabia o de desprecio. Ante esas reacciones, que nos parecen “naturales”, un cristiano sabe que debe perdonar, que debe vencer el mal con el bien, que debe rescatar al mentiroso con su mano tendida, con su caridad autntica. 

Por eso a veces nuestro silencio, nuestra cercana, nuestro perdn, incluso nuestro afecto (que no debe ser interpretado como complicidad, sino como deseo sincero de recuperar la confianza) pueden ser el inicio de la curacin. Quien ha mentido, precisamente por el dao tan grande que ha cometido contra Dios, contra s mismo, contra los dems, necesita encontrar que el amor es ms fuerte que el mal, que la confianza en quien ha sido engaado vuelve a aparecer como seal de una bondad capaz de superar cualquier pecado. 

Dios quiere ayudarnos a arrancar de nuestra vida el gran dao sembrado por miles de mentiras que circulan en el mundo humano. Quiere, sobre todo, que empecemos a vivir como hombres sinceros, honestos, enamorados. Capaces de mirar a nuestro hermano con el mismo cario con el que le mira Dios, con el mismo deseo de vivir unidos, bajo la Verdad de Cristo, en el camino que construye un mundo ms bueno y ms enamorado.