Un bochornoso incidente
Domingo XI del Tiempo Ordinario, Ciclo C
Autor: Padre Gustavo Vélez Vásquez (Calixto)
“Estando Jesús en casa de un fariseo llamado Simón, llegó una mujer pecadora, que llorando, se puso a besarle los pies al Señor, los cubría de besos y se los ungía con perfume”. San Lucas, cap. 7.
Más incomodidad, más bochorno, más escándalo no pudieron darse, en medio de aquella cena que Simón ofrecía al Maestro. Era él un fariseo de buena reputación en la ciudad y suficiente posición económica. Fariseo, es decir del grupo de los observantes, de los puros.
Sin embargo, nadie impidió que una mujer de mala calaña llegara hasta el sitio donde Jesús compartía con los invitados.
Entre las costumbres judías se usaba como gesto de acogida, lavar los pies al visitante. También a los huéspedes ilustres se los ungía la cabeza con aromas. Pero apunta san Lucas que las cosas transcurrieron aquí de otro modo: Un pecadora de la ciudad, llevando un frasco de perfume, se puso a los pies del Señor, regándolos con sus lágrimas. Luego los enjugó con sus cabellos, los cubrió de besos y los ungió con perfume. ¿Podría darse algo más escandaloso?. “Allá te entraste, dice un autor, mujer de la soledad y de las falsas compañías, aventurera de un placer triste”.
Con toda razón, el dueño de casa dijo para sus adentros: Si éste fuera un profeta, sabría quién es la pecadora que lo está tocando.
El Maestro, con admirable sentido pedagógico, permanecía en silencio. Imaginamos que la mujer, apenas hubo desahogado su angustia, iría a sentarse en un rincón de la sala, cubierta la cabeza como se usa en oriente.
Entre el asombro de los convidados, Jesús se dirige al dueño de casa. Y lo hace contándole una historia, al estilo de los rabinos: “Simón, tengo algo qué decirte”. Con esto despertaba la atención de todos los presentes: “Un prestamista tenía dos deudores, uno le debía quinientos denarios y el otro, cincuenta”. Dos sumas muy distantes entre sí. - Vale recordar que un denario equivalía al jornal del un obrero.- “Como no tenían con qué pagar, aquel hombre les perdonó a los dos sus deudas”.
Entonces el Maestro pregunta al fariseo: “¿Cuál de los dos le amará más?”. O también: “¿A cuál de los dos amará más?”. La respuesta era obvia. Y enseguida Jesús compara el comportamiento de Simón al recibirlo en casa y el de aquella pecadora, que se ha presentado de improviso. Y al final, le dice a la mujer con mansedumbre: “Tus pecados están perdonados”.
Algunos se preguntan extrañados. “¿Quién es éste que hasta perdona pecados?”. Entonces el Maestro concluye: “Mujer, tu fe te ha salvado, vete en paz”.
Aquella pecadora, experta en toda clase de amores, añade a su prontuario ese amor desbordado a un joven profeta, en el cual adivina cosas inexplicables. Y encuentra en Él la fuente del amor verdadero. “Mucho se le perdona, asegura el Señor, porque ha amado mucho”.
Comprendemos entonces que la reconciliación con Dios no depende directamente de nuestras buenas obras. No está a la par de los dolores que presentemos, como contraparte de nuestras culpas. Sólo se alcanza mediante el amor. Así sea ese amor frágil y acongojado que proyectamos, alguna vez, hacia nuestro Padre. Semejante tal vez a aquellas luces de bengala, que lanza al cielo un barco a la deriva, en mitad de la noche.