El sacramento de la amistad

Domingo XVI del Tiempo Ordinario, Ciclo C

Autor: Padre Gustavo Vélez Vásquez (Calixto)

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"“En aquel tiempo entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada María lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada María”. San Lucas, cap. 10.


Incompleta hubiera quedado la enseñanza de Jesús, si no hubiera ponderado también con su ejemplo, el valor del tiempo libre. Elemento indispensable para celebrar el sacramento de la amistad.

Cuenta san Lucas que “Jesús entró en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada María”. San Juan presentará luego a Lázaro, su hermano, a quien el Señor resucitó del sepulcro. Y contará también de una cena que esta familia ofreció al Maestro, pocos días antes de su muerte.

El evangelista nos habla del conflicto que surgió entre las dos mujeres, durante la visita del Señor. María, dedicada a preparar las viandas para obsequiar al huésped, se queja de su hermana. Ésta, “sentada a los pies del Señor, lo escuchaba atentamente.

Jesús señala entonces que no hemos de angustiarnos demasiado en nuestros deberes diarios. Que sobre todos ellos, sólo una cosa es necesaria: Agradar a Dios, atendiendo siempre a su presencia.

Podría decirse que ese día Jesús acuñó un valioso principio para todos sus discípulos: Hemos de ser contemplativos en la acción. “Ora et labora” fue la norma que San Benito dio a su monjes, cuando se iniciaba en la Iglesia la vida religiosa.

El Maestro supo ser amigo de aquella familia de Betania. Y a la vez se vio correspondido. Sabemos además que ninguna estructura humana logra perdurar, si no conserva el ingrediente de una amistad sincera. Para una construcción no bastan hierro, piedra, agua y arena. Necesitamos el cemento. Aun dentro de la familia y dentro de la Iglesia , solamente la verdadera amistad sostiene las comunidades.

A os amigos hay que quererlos siempre y “a pesar de”. Si pretendemos rodearnos de gente perfecta, nos quedaremos solos. Y a los amigos hay que hacerles mantenimiento. Aquí se trata de los signos que ratifican, purifican y fortalecen la amistad. Hay que gastarles tiempo.

Si Dios es amor, nos llama a significar su amor a quienes nos rodean. Por lo cual hoy se habla del “Sacramento de la amistad”. Aún más, es ella un signo de los tiempos. Mientras otras cosas se van desmoronando, surge en la sociedad el valor indiscutible de la amistad sincera.

Cultivarla día y noche es hacer sensible a Dios entre nosotros. Porque la verdadera amistad es gratuita, como el amor que Dios nos tiene. No puede ser utilizada de forma mercantil. “Te quiero porque te quiero, porque me nace quererte”, canta una copla popular. Te quiero porque eres hijo de Dios, hermano mío y compañero de viaje hacia la patria.

Después del Señor, los amigos. En los problemas de la vida, no nos salvan las leyes, las teorías, las estructuras, los estereotipos sociales. Nos salva el amigo: “Tú eres mi hermano del alma, realmente el amigo…sonrisa y abrazo festivo a cada llegada. Me dices verdades tan grandes con frases abiertas, tú eres realmente el más cierto en horas inciertas”.

Un escritor latino nos enseña: “La amistad nos hace iguales o ya nos encontró iguales”.

Y Francisco de Quevedo escribió: “El buen amigo, al igual que la sangre, acude a las heridas, sin que nadie lo llame”.