Terapia de una muerte anunciada

Domingo XVIII del Tiempo Ordinario, Ciclo C

Autor: Padre Gustavo Vélez Vásquez (Calixto)

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"Dijo Jesús: Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: Derribaré los graneros y construiré otros más grandes para almacenar todo el grano. Entonces me diré: Come, bebe, date buena vida”. San Lucas, cap. 12.

En las llamadas “Letanías Mayores”, devoción tradicional de la Iglesia , rogamos a Dios nos libre de “una muerte repentina e imprevista”. Aunque otros fieles le piden al Señor lo contrario, si bien bajo ciertas condiciones: “En tu gracia y de repente”. Sin embargo, el final de esta vida presente no deja de preocuparnos a todos.

Jesús quiso un día adoctrinarnos sobre la forma de prepararnos para ese momento decisivo. Y esto ocurrió cuando alguien le rogaba que hiciera de juez ante su hermano, en la repartición de una herencia. El Señor le responde que esas tareas no son de su programa.

Pero enseguida añade una parábola, de mucha sustancia para quienes viven esclavizados por las riquezas.

Presenta el Maestro a un hombre rico que logró aquel año asombrosas cosechas. No eran muy fértiles los campos de Palestina, sobre todo en la provincia de Judea. Galilea sin embargo se mostraba más pródiga.

Aquella “tierra que manaría leche y miel” prometida a los israelitas en el Éxodo, hemos entonces de entenderla como un recurso pedagógico de Moisés. O un ideal que habría que conquistar con mucho esfuerzo.

Ese año, prosigue el Señor, la cosecha de aquel labrador no le cupo en sus trojes. Por lo cual se dijo entusiasmado: “Derribaré los graneros y construiré otros mayores”. Y enseguida: “Hombre, tienes ya bienes para muchos años. Descansa, come y bebe y date buena vida”.

Pero aquí la parábola se vuelve amenazante: “Entonces Dios le dijo: Necio, esta misma noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado ¿de quién será?”.

A un hombre satisfecho y financiado se le anuncia ese despojo inapelable, que un día realizará la Hermana Muerte. “Vanidad de vanidades y todo vanidad”, señala con toda razón el Eclesiastés. Amarga sentencia, que al final de la vida todos comprenderemos.

¿Entonces los bienes materiales son enemigos del cristiano? Siglos atrás pudo creerse así, cuando nuestra fe se dejó contaminar de la filosofía estoica. Pero luego aprendimos a valorar la creación y todas las maravillas que hemos inventado los hijos de Dios, para hacer más amable y habitable este planeta. Las entendemos como una sabia colaboración con el Creador del cielo y la tierra.

Sin embargo, esos bienes se vuelven contra el plan de Dios en ciertas circunstancias: Cuando los adquirimos por medios injustos. “Quien ha amasado una gran fortuna, dice la sabiduría popular, seguramente ha hecho harinas a sus prójimos”. Cuando esas riquezas nos ensombrecen el horizonte de la fe. Cuando nos afectan el corazón, haciéndonos incapaces de compartir con los demás.

Pero hemos de esforzarnos en multiplicar las cosechas y ampliar afanosamente los graneros, para el servicio de todos. Así nos daremos “buena vida”: Administrando los bienes de la tierra, como indica una oración litúrgica, “de tal manera que por ellos alcancemos con plenitud los eternos”. Esta es la forma de alcanzar “los bienes de arriba”, como enseña san Pablo a los colosenses.

Sobre el tema, la religiosidad popular aporta una fórmula que algunos califican de muy pretenciosa: “Danos Señor, buena vida y buena muerte”.