Domingo XXI del Tiempo Ordinario, Ciclo C
No conocemos estadísticas
Autor: Padre Gustavo Vélez Vásquez (Calixto)
“Alguien le preguntó a Jesús: Señor, ¿serán pocos los que se salven?. Él les dijo: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Porque muchos intentarán entrar y no podrán”. San Lucas, cap. 13.
El problema no es propiamente si son pocos o muchos los que se salvan, sobre lo cual no conocemos estadísticas. Lo preocupante es saber si estamos o no en el grupo de los elegidos.
El autor del Apocalipsis dirá que han salvarse apenas 12.000 de cada tribu de Israel. Y así suma 144.000 marcados con el sello de Dios. Sin embargo, añade que vio “una gran multitud que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, con vestiduras blancas y palmas en las manos”.
Estamos ante un lenguaje simbólico, que no ha de tomarse a la letra. Pero la teología nos dice algo más convincente: Dios nos creó para compartir con nosotros su amor y su bondad. Nacemos entonces para el cielo. El Señor nos envió a su Hijo para enseñarnos el camino del cielo. Jesucristo nos dio los Sacramentos como medios eficaces de salvación. San Juan subraya además esta palabra de Jesús: “Dios quiere que todos los hombres se salven”.
En consecuencia todos caminamos hacia el cielo. Sin embargo alguien podría replicar: ¿Y entonces el infierno?: Respuesta: Para aquellos que se devuelvan.
Cuando alguien le pregunta a Jesús si son pocos los que se salvan, Él no indica una cifra. Pero sí nos advierte: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Porque muchos intentarán entrar y no podrán”. Es decir, el programa de la salvación que nace del amor de Dios, exige de nuestra parte esfuerzo, perseverancia, renuncia en muchas ocasiones.
El Maestro habla de una puerta estrecha y de otra más amplia. Y señala que ésta conduce casi siempre a la perdición.
¿Qué significaba salvación en aquel tiempo?. Antes del siglo IV, el concepto de felicidad para un judío era más o menos rastrero: Muchos hijos, muchas tierras, muchos ganados, muchas posesiones. Sólo el contacto con la cultura griega elevó ese ideal a otro nivel. Así lo aprendemos en los Libros Sapienciales, que adoctrinaron al pueblo sobre valores más excelentes.
Pero todavía la noción de una vida futura no era clara entre los hijos de Abraham. Vino a iluminarse más tarde, durante el reinado de Antíoco. Los perseguidos fueron entendiendo que tantos dolores y martirios debían tener alguna contraprestación, más allá de la muerte.
Un suntuoso banquete, en compañía de los antiguos patriarcas Abraham Isaac y Jacob era la imagen acostumbrada por los rabinos para presentar el cielo. Algo que para nosotros no bastaría del todo.
Porque los discípulos de Cristo esperamos una salvación que dé plenitud a todas nuestras aspiraciones. Tampoco nos interesa una felicidad propia para los ángeles o los extraterrestres. Frente a ella seríamos unos desadaptados celestiales.
Sin embargo, queda siempre la pregunta: ¿Serán mis esfuerzos suficientes para alcanzar la salvación?. La catequesis tradicional nos sigue hablando de paga, retribución, premio, recompensa. ¿Será esto objetivo?. Lo es en parte.
Nuestras obras no capitalizan, de tal manera que merezcan por ellas mismas la salvación. Son más bien una suma simbólica. Pero si ésta no diera la medida, el Señor acudirá de inmediato, a colmar con su generosidad lo que falte. Conquistar el premio es dejarnos regalar generosamente por Dios.