En su lugar preciso

Domingo XII del Tiempo ordinario, Ciclo C

Autor: Padre Gustavo Vélez Vásquez (Calixto)

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“Jesús preguntó a sus discípulos: ¿Y vosotros quién decís que soy yo? Pedro tomó la palabra y dijo: El Mesías de Dios. Él añadió: El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser ejecutado y resucitar al tercer día”. San Lucas, cap. 9. 

“Toda la vida del Señor fue de cruz y martirio”: Una piadosa exageración de Tomás de Kempis en su “Imitación de Cristo”. Porque si el Maestro fue igual a nosotros en todo, menos en el pecado, tuvo seguramente espacios de serenidad y alegría, en familia y entre el grupo de discípulos. Aunque luego su vida terminara en la cruz. 

Cuenta san Lucas que el Señor interrogó a sus seguidores qué pensaba la gente sobre él. Algunos aportaron los comentarios del pueblo: Sería alguno de los profetas anteriores, ahora resucitado. Pero Jesús deseaba una respuesta personal de los suyos. 

Entonces vuelve a preguntar: ¿Y vosotros quién decís que soy yo? Pedro, en nombre del grupo, toma la palabra: “Tú eres el Mesías de Dios”. Para un judío de entonces, Mesías era el ungido por Dios, como los reyes y los grandes líderes del pueblo. El Salvador prometido desde siglos atrás, que cambiaría la suerte de Israel. 

El Señor, satisfecho por la respuesta de Pedro y el asentimiento de los demás discípulos, quiso darle un toque de realismo a la escena. Necesitaba templar la adhesión de los suyos con el anuncio de su muerte: “El Hijo del Hombre, añadió, tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados y ser ejecutado”. Si bien la resurrección cambiaría en triunfo su tragedia. 

Como diciéndoles: A ustedes los motiva mi persona. Admiran los milagros y mi palabra los convence. Pero el proyecto de vida que ahora inician no es propiamente un camino de rosas. 

Porque el dolor es ingrediente indispensable en toda vida humana. Y obviamente, en el seguimiento de Jesús: El mundo es imperfecto todavía. Hacer el bien es tarea difícil. Siempre estamos sujetos al error y al pecado. 

Sin embargo hemos de darle a nuestras cruces su preciso lugar. El sufrimiento no es la esencia del cristianismo. El núcleo de nuestra fe es el amor que Dios nos tiene. Amor que necesita ser repartido a los prójimos. 

¿Dónde quedaría entonces la imitación de Cristo sufriente, tan preferida por algunos predicadores? Cabe entender que el Maestro no buscó directamente los dolores. Los aceptó como camino para el servicio de los demás. “La sustancia de la vida cristiana, escribe José María Cabodevilla, no ha de ser el puritanismo sino la bondad, no el análisis despiadado de sí mismo sino la contemplación, no el fanatismo sino la tolerancia, no los ayunos rigurosos sino la alegría de compartir la mesa con los hermanos”. 

Habría entonces que presentar el evangelio al hombre de hoy con otro rostro, menos dolorido que el tradicional. Como realización de la persona, alrededor de los valores evangélicos. Como un compromiso entusiasta con el mundo que a cada paso construimos. Mediante la aceptación del dolor, no con sentido masoquista, sino teniéndolo como enemigo, contra el cual hemos de luchar cada día, hasta que pierda definitivamente la partida. El salmo 15 anuncia poéticamente ese futuro que Jesús promete a sus seguidores: “Me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha”.