Los verbos del amor

Domingo XV del Tiempo ordinario, Ciclo C

Autor: Padre Gustavo Vélez Vásquez (Calixto)

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“A un letrado que preguntó a Jesús: ¿Quién es mi prójimo?, él le contestó: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos bandidos que le molieron a palos, dejándolo medio muerto”. San Lucas, cap. 10. 

A mitad de la vía que une a Jerusalén con Jericó se encuentra el parador “Castillo de Sangre”, levantado sobre una antigua fortaleza de los cruzados. Debe su nombre al color rojizo del paraje, pero también a los frecuentes asesinatos que por allí ocurrieron. 

Sobre este panorama ocre y granate sitúa Jesús una de sus más bellas parábolas. Nuevamente apunta en su discurso a los agentes de una religión oficial, que carecían de espíritu y de misericordia hacia los pobres: Los sacerdotes, los levitas y los letrados.

Cuando unos salteadores dejaron medio muerto a aquel viajero, “un sacerdote que también bajaba a Jericó, viendo al herido, pasó de largo. Lo mismo hizo un levita que llegó al sitio”. Ambos dan un rodeo, quizás por miedo al peligro, o por no contaminarse con la sangre del agonizante. 

Jesús presenta entonces al personaje central de la parábola: Un samaritano. Un extranjero hereje, distante como el que más de la religión oficial de los judíos. A quien no le preocupan las minucias de la ley, ni la estrecha tradición de los rabinos. Pero su acción comprometida es ejemplar. Tiene, en verdad, un corazón de carne, como deseaban los profetas. Y en aquel hombre medio muerto, descubre a su verdadero prójimo. 

En el mundo de hoy abundan los discursos de solidaridad con los necesitados. Cada país abunda en legislación social inigualable, aunque muchas veces utópica. Somos expertos en compasión hacia los desvalidos y en condenas al egoísmo de los poderosos. Nuestras liturgias ensalzan de forma emocionada la caridad, motivando románticos amores hacia los pobres. 

En nada de esto se extravía aquel samaritano. Ante esa dolorosa realidad tiene amor en los ojos: Mira lo que otros, los administradores de una santidad oficial, pasan por alto. Igualmente se deja conmover, contra ese mecanismo que activamos frente al dolor ajeno. Tiene amor en los pies: Se acerca al herido, sin prejuicios. Y también amor en las manos: Le venda las heridas, vertiendo en ellas aceite y vino, como enseñaban los recetarios de entonces. 

Este viajero misericordioso nos enseña una caridad que nunca imaginaron los funcionaros del templo. Un amor al necesitado que se encarna en verbos muy concretos: Ver, sentir lástima, acercarse al moribundo, vendar sus heridas, montarlo en su cabalgadura, llevarlo a la posada, cuidarlo, financiar su convalecencia: “Al día siguiente -este viajero misericordioso- sacó dos denarios y dándoselos al posadero, le dijo: Cuida de él y lo que gastes de más yo lo pagaré a la vuelta”. 

La parábola termina con una pregunta directa a aquel hombre que había interrogado a Jesús: ¿Cuál de esos tres personajes te parece que se portó como prójimo de quien cayó en manos de los bandidos?

“Y el letrado respondió: El que tuvo misericordia. Díjole Jesús: Anda y haz tú lo mismo”. Hijos míos, escribirá después san Juan, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y en verdad”. No hagamos entonces caridad con discursos y canciones, sino con los ojos , el corazón. Con los pies y las manos.