¿Cuántos Padrenuestros hay?

Domingo XVII del Tiempo ordinario, Ciclo C

Autor: Padre Gustavo Vélez Vásquez (Calixto)

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“Una vez que Jesús estaba orando en cierto lugar, uno de sus discípulos le dijo: Enséñanos a orar como Juan enseñó a sus discípulos: Él respondió: Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu nombre”… San Lucas, cap. 11. 

André Frossard, un convertido del siglo pasado, escribió: “Mi encuentro con el Señor constituyó un momento de asombro que todavía perdura. Nunca me he podido acostumbrar a su presencia”. Pero numerosos cristianos, aún los practicantes, nos hemos acostumbrado al amor de Dios. Ya ni siquiera nos conmueve el llamarle Padre. Y sin embargo esta invocación, esta certeza, es el núcleo y la esencia de nuestra fe cristiana. 

Dos evangelistas consignan en su relato el Padre Nuestro. San Mateo lo trae, dentro de un pasaje que pretende corregir las fallas de la oración judía: Rutina, complicación, demasiada palabrería. San Lucas, por su parte, se propone explicar a quienes llegan desde el paganismo, las ventajas de la oración cristiana. La importancia de insistir ante Dios, con nuestras súplicas. 

Por esto agrega, luego de consignar la fórmula que nos dejó el Señor: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá”. Y prosigue con la parábola de alguien a quien un amigo molesta ya entrada la noche, pidiéndole tres panes para atender a un inesperado visitante. El hombre responde desde adentro: “La puerta está cerrada, los niños y yo acostados ya”. Pero ante la insistencia de aquel importuno, se levanta para darle cuanto necesite. Lo cual retrata la conducta de Dios con nosotros. 

Y san Lucas dibuja enseguida, de una manera plástica, la bondad del Señor: “¿Qué padre entre vosotros, cuando su hijo le pide un pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, la dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros que sois malos sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más vuestro Padre del cielo”. 

Los manuales distinguen en el texto del Padrenuestro, que presenta san Mateo, siete peticiones. San Lucas sólo nos trae cinco. De otra parte nos señalan que la primera parte se refiere a las cosas de Dios. En cambio la segunda, a nuestros problemas y carencias. Y en la mitad estaría la petición del pan que toca ambos asuntos. Se trataría del pan corporal y de aquel otro que se identifica con la gracia. El combustible diario para amar debidamente a Dios y a los hermanos. 

Un niño preguntaba en la escuela: ¿Cuántos padrenuestros hay? Y la maestra no supo responderle. Pero, en verdad, aparte de los dos textos que consignaron los evangelistas, existen numerosos padrenuestros. Cada uno según el clima espiritual que, aquí y allá, hoy y mañana, nos cobija el alma: El padrenuestro limpio que rezamos el día de la Primera Comunión. Aquel otro después de algún pecado, saturado de arrepentimiento. El padrenuestro, aterido de miedo, frente a los peligros. Aquel de acción de gracias. O el que balbuceamos entre lágrimas, cuando ha muerto algún ser querido. Otro más, lleno de perplejidad ante un fracaso. Pero en todo lugar y circunstancia, el Padrenuestro destila ternura de Dios para nosotros, invitándonos a una infatigable confianza. Así lo inventó Jesús, al enseñarnos la más calificada manera de comunicarnos con el Padre de los Cielos.