Los fariseos tenían razón
Domingo XXIV del Tiempo ordinario, Ciclo C
Autor: Padre Gustavo Vélez Vásquez (Calixto)
"Se acercaban a Jesús los publicanos y pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los letrados murmuraban: Éste acoge a los pecadores y come con ellos". San Lucas, cap. 15.
Sentarse a su mesa significa en las culturas orientales, mucho más que entre nosotros, compartir plenamente con alguien. De aquí el insulto de los fariseos y los letrados: "Éste acoge a los pecadores y come con ellos"
. A lo cual Jesús responde con tres parábolas que encierran idéntico mensaje: La incansable misericordia del Señor. Tres relatos donde explica quién es Él y a qué ha venido al mundo. Porque "no he venido a llamar a los justos".
Nos cuenta el Maestro de un pastor a quien, de las cien que tenía, se le perdió una oveja. Dejó entonces las noventa y nueve en el campo y fue en busca de la extraviada hasta encontrarla. Nos habla también de una mujer que guardaba con cuidado diez dracmas, pero un día al revisar su baúl, sólo halló nueve.
La dracma griega, que también circulaba en Palestina, era una pieza acuñada en plata. Pesaba algo más de cuatro gramos y equivalía al denario romano, con el cual se pagaba el trabajo de un día.
Diez dracmas no eran mucho dinero, pero pudieron ser las arras que aquella mujer había recibido de su esposo.
Y en los días de fiesta las llevaría prendidas al tocado, como se usaba entonces.
Tarea difícil buscar una moneda en una casa pobre de aquel tiempo, estrecha y además oscura. Pero la desconsolada dueña encendió un candil, barrió con cuidado y rebuscó por todos los rincones, hasta recobrar su pequeño tesoro.
El texto resalta el gozo del pastor al hallar su ovejita: Felicitadme, les dice a sus amigos y vecinos. Y Jesús aplica la lección: "Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta". Igualmente, la mujer de las dracmas invita a sus amigas y vecinas a regocijarse con ella: "He encontrado la moneda". Y el Maestro agrega: "La misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta".
Enseguida Jesús añade otro relato: "Un hombre tenía dos hijos".La parábola del pródigo que hoy revive en nuestra mente con nombre remozado: La historia del Padre misericordioso. Aunque el Maestro, durante su vida pública, sólo hubiera entregado esta enseñanza, habría sido suficiente.
Y aquel hijo menor, voluntarioso e inexperto, se fue a tierra extraña, donde dilapidó su herencia. "Viviendo perdidamente" dice el texto.
La miseria lo obliga a alquilarse a un pagano, quien lo envía a cuidar cerdos. Sin embargo desde la porque riza, traspasado de hambre, el muchacho recuerda que en su casa paterna abundaban cariño y alimento.
Y, cueste lo que cueste, decide retornar. Pedirá que se le acepte siquiera como un obrero más de la hacienda.
Nunca imaginó qué clase de padre era el suyo.
Aquí el evangelista se desborda presentando, con expresiones reales y simbólicas, cuanto Dios nos ofrece a quienes regresamos a casa: Ternura, acogida, rehabilitación, fiesta.
Todo ello significado en el abrazo, el traje, el anillo, las sandalias, el ternero cebado, la orquesta y el banquete.
Los adversarios de Jesús tenían mucha razón: "El Dios de los cristianos acoge a los pecadores y come con ellos".